Una visita inesperada en el pasillo
A las diez de la mañana del día siguiente, Clare abrió la puerta de su apartamento esperando encontrarse con un mensajero uniformado o un asistente corporativo, pero se quedó sin palabras al ver al mismísimo Richard Caldwell de pie en el estrecho pasillo. Era notablemente más alto de lo que sugerían las imágenes de la prensa y vestía un abrigo de lana oscura de corte impecable. Lo segundo que Clare notó fue que venía completamente solo, sin chóferes a la vista ni personal de seguridad custodiando el corredor del edificio.
En sus manos sostenía un ramo pequeño de flores blancas envuelto en papel marrón de apariencia sencilla pero elegante, comprado claramente en una floristería tradicional y no en el vestíbulo de un hotel. Clare llevaba puestos sus mejores pantalones vaqueros y un suéter gris que consideraba presentable para la ocasión, pero la sorpresa desarmó por completo la expresión de indiferencia que había planeado mostrar ante el empresario.
—Señor Caldwell —alcanzó a decir ella, sujetando el pomo de la puerta con fuerza.
—Señorita Donnelly —saludó el ejecutivo, extendiendo el ramo de flores con una naturalidad que restó incomodidad al encuentro—. Tenía el firme deseo de traer esto personalmente. Espero sinceramente no estar interrumpiendo sus actividades matutinas.
—No es ninguna molestia, en absoluto —respondió Clare, haciéndose a un lado para dejarlo pasar—. Por favor, pase adelante.
Richard ingresó al pequeño apartamento de Washington Heights, recorriendo el espacio con una mirada rápida y sumamente respetuosa que evitaba cualquier juicio sobre la sencillez del lugar. La vivienda era pequeña pero impecable; Clare se había encargado de ordenar cada rincón antes de la hora acordada. En la puerta de la nevera colgaban varios dibujos hechos con crayones de colores, un par de zapatillas infantiles descansaban junto al ingreso y sobre la mesa de centro se extendía un rompecabezas del mapa mundial a medio terminar en el que Theo trabajaba por las tardes.
—¿Le gustaría tomar un té? —ofreció Clare, considerando que era la cortesía mínima para la situación.
—Me encantaría, muchas gracias —aceptó Richard, tomando asiento en una de las sillas de la cocina, que constituía la única mesa formal del lugar.
Clare colocó las flores blancas en un frasco de vidrio que antes había contenido salsa de pasta, ya que no disponía de un jarrón mejor en sus alacenas, y encendió la tetera mientras observaba al empresario mirar con genuino interés el mapa del rompecabezas en la sala contigua.
—Es el juego de mi hijo —explicó ella, regresando con dos tazas humeantes—. En este momento se encuentra en la escuela elemental.
—¿Qué edad tiene el pequeño? —preguntó Richard, acomodándose las mangas del abrigo.
—Tiene siete años —respondió Clare, sentándose frente a él y deslizando la billetera de cuero oscuro sobre la mesa—. Aquí tiene. Todo se encuentra exactamente en el mismo estado en que lo recogí de la acera ayer por la tarde. No conté el dinero más allá de lo evidente, pero le aseguro que no falta nada.
El hombre tomó el objeto de cuero sin molestarse en abrirlo para verificar el contenido, guardándolo directamente en el bolsillo interior de su abrigo de lana.
—Lo sé perfectamente —afirmó él, fijando su mirada en ella.
Clare lo observó con extrañeza, intrigada por la absoluta certeza de sus palabras.
—¿Cómo puede estar tan seguro de eso sin revisar el interior primero? —cuestionó la joven, cruzando los brazos sobre el borde de la mesa.
—La gran mayoría de las personas que encuentran un objeto de valor y deciden devolverlo se apresuran a declarar de inmediato que todo está completo —explicó Richard, tomando su taza de té—. Aquellos que han tomado una parte del contenido también lo dicen, pero modifican el tono de voz y la postura corporal debido a la culpa. Tú lo mencionaste con la naturalidad de alguien a quien le resulta evidente el procedimiento correcto, casi con un toque de fastidio por tener que recalcarlo.
Clare meditó la observación del empresario durante unos instantes antes de responder.
—No sentía fastidio alguno, señor Caldwell —aclaró ella—. Simplemente considero que era lo lógico.
—Para la mayoría del mundo actual no lo es —replicó Richard, adoptando una postura seria y analítica—. El dinero en efectivo sumaba quinientos dólares exactos. He visto a muchas personas quedarse con el efectivo y devolver únicamente las tarjetas de crédito para evitar problemas legales. Otros habrían vaciado todo y arrojado el cuero a un contenedor de basura en la siguiente esquina.
—Yo no soy la mayoría de las personas —sentenció Clare con total llanura, sin rastros de orgullo o soberbia en su voz, enunciando el comentario como quien describe un dato del clima.