LA HEREDERA QUE FINGIÓ SER REPARTIDORA DURANTE TRES AÑOS, HASTA QUE SU EX LA HUMILLÓ EN LA SUBASTA Y SU NUEVO ESPOSO COMPRÓ TODO EL EDIFICIO – PARTE 5

PARTE 5

La silla del organizador

La sala principal del Hotel Imperial Norte parecía diseñada para intimidar.

Techos altos.
Cristal oscuro.
Mesas de mármol.
Pantallas gigantes con cifras.
Empresarios de familias antiguas hablando en voz baja como si susurrar multiplicara el dinero.

En el centro había una silla más grande que las demás.

Reservada para el organizador del proyecto.

Nicolás se dirigió hacia una mesa lateral, saludando a socios que lo felicitaban por su “futura alianza” con los Luján. Marina caminaba junto a él con la seguridad de alguien que cree que el mundo fue decorado para su entrada.

Elena miró la silla central.

Damián también.

—No —dijo ella.

—¿Qué?

—No lo hagas.

—Ni siquiera hice nada.

—Pensaste en sentarte ahí.

—Es una silla.

—Es la silla del organizador.

—Entonces deberías sentarte tú.

Elena casi respondió, pero él se adelantó.

Tomó su mano y la llevó hasta la silla central.

Todos los miraron.

Marina soltó una risa.

—Esto es demasiado. La repartidora se sentó en el lugar del dueño.

Nicolás se levantó.

—Elena, bájate de ahí antes de que arruines lo poco que queda de tu dignidad.

Elena cruzó las piernas.

—Curioso. Hasta ayer creías que mi dignidad valía un millón.

Algunos invitados murmuraron.

Nicolás apretó la mandíbula.

—Esta reunión fue organizada por el señor Bruno Larraín en nombre del fondo Marqués. ¿Entiendes lo que significa? No puedes jugar aquí.

Elena miró la silla.

—Es cómoda, aunque podría ser más grande.

Damián sonrió.

—Estoy de acuerdo.

Marina alzó la voz.

—Si esta mujer ofende al fondo Marqués, todos pagaremos las consecuencias. Sáquenla.

Un empresario gritó:

—Sí. Nadie quiere problemas con los Marqués.

Otro añadió:

—Ni con Costa Global. Ese anillo puede ser falso, pero mejor revisen.

Nicolás vio que perdía control.

Entonces atacó de nuevo.

—Elena es mi ex. Está dolida porque la dejé. Se casó con este hombre para provocarme. Es una escena patética.

Damián se inclinó hacia Elena.

—¿Quieres que lo arruine ahora o después del aperitivo?

—Después.

—Qué disciplina.

Nicolás sacó otro cheque.

—Mira. Cinco millones. Deja de hacer el ridículo.

Elena tomó el cheque.

Lo miró.

Luego lo dobló lentamente.

Todos esperaban que lo rompiera.

Esta vez no.

Lo dejó sobre la mesa.

—Lo guardaré.

Nicolás sonrió con triunfo.

—Sabía que…

Elena lo interrumpió.

—Como prueba de intento de soborno en una licitación.

La sonrisa murió.

Damián soltó una risa baja.

—Me gusta cómo piensas, esposa.

Marina perdió la paciencia.

—¡Basta! Si dicen tener dinero, verifiquen capital. Aquí todos hemos pasado filtros. Mi familia tiene ochocientos millones disponibles para esta fase.

Un empresario presumió:

—Los Luján están en primera clase financiera.

Damián bostezó.

—Qué tierno.

Nicolás golpeó la mesa.

—Verifiquen a estos dos. Ahora.

El oficial financiero dudó.

Elena sacó una tarjeta negra.

No una.

Cinco.

Las colocó sobre la mesa.

El murmullo fue inmediato.

—Eso no puede ser.

—Las tarjetas negras de Banco Marqués…

—Solo existen cinco en el mundo.

—Son simbólicas. No circulan.

Marina rió nerviosa.

—Falsas.

Nicolás se aferró a esa palabra.

—Sí. Falsas. Es imposible que una repartidora tenga una.

Elena empujó una hacia el oficial.

—Prueba esta.

Damián sacó otra tarjeta.

Negra también.

Pero con otro sello.

Costa Global.

La dejó junto a las de Elena.

—Y esta, por diversión.

El oficial tragó saliva.

Pasó la primera.

La pantalla tardó más de lo normal.

Luego apareció:

CLASE PLATINO MARQUÉS — LÍMITE OPERATIVO: 100.000.000.000 €

La sala quedó muda.

Nicolás se puso blanco.

Marina susurró:

—La máquina está rota.

Damián sonrió.

—Suele pasar cuando ve más dinero del que el sistema emocional de algunos soporta.

Pasaron otra tarjeta.

Mismo resultado.

Otra.

Mismo resultado.

Luego la de Damián.

COSTA GLOBAL — ACCESO CORPORATIVO ABSOLUTO

El oficial se levantó de golpe.

—Señor…

Damián levantó un dedo.

—Todavía no.

Elena lo miró con furia contenida.

—Tú y yo vamos a hablar.

—Lo sé.

—Mucho.

—Lo espero con miedo.

Nicolás retrocedió un paso.

Y por primera vez desde que Elena lo conocía, el miedo apareció en su rostro.

No miedo de perderla.

Miedo de haber entendido tarde cuánto valía la mujer que destruyó.

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