La Falsa Pobre Que Se Infiltró En La Mafia Para Vengar A Su Familia — Pero El Jefe Descubrió Su Secreto Y La Obligó A Quedarse – PARTE 2

PARTE 2: LA VENGANZA Y EL PERDÓN

Valeria y Matteo localizaron a Benicio Ríos.

Él se escondía en una isla remota.

Pero sabía que lo buscaban.

Y preparó una emboscada.

Ahora, Valeria debe decidir: matar a Benicio o perdonarlo.

Y Matteo debe elegir entre su familia y el amor.

Los meses pasaron.

Valeria y Matteo se volvieron inseparables.

Entrenaban juntos.

Comían juntos.

Dormían juntos.

Los hombres de Matteo la respetaban.

La llamaban “jefa”.

Valeria sonreía.

Nunca imaginó que terminaría en ese lugar.

Nunca imaginó que se enamoraría del sobrino del asesino de su padre.

Pero el amor es así.

Llega cuando menos lo esperas.

Y cuando llega, no puedes huir.

Una noche, Matteo recibió una llamada.

“Tenemos noticias de Benicio. Está en una isla en el Caribe. Vive en una mansión. Con hombres armados.”

Matteo apretó el teléfono.

“Preparen a los hombres. Vamos a buscarlo.”

Valeria lo miró.

“Voy contigo.”

“No.”

“Sí. Es mi venganza también.”

“Es peligroso.”

“Lo sé. Por eso voy. Porque si no voy, nunca podré cerrar ese capítulo.”

Matteo la miró.

“Eres obstinada.”

“Y tú un arrogante. Vamos.”

Llegaron a la isla en un barco.

La mansión de Benicio era enorme.

Rodeada de hombres armados.

Cámaras por todas partes.

Matteo planeó el ataque.

“Yo entro por la puerta principal. Mis hombres por los costados. Tú te quedas aquí.”

“No.”

“Valeria…”

“Te dije que voy contigo.”

“Puedes morir.”

“Y tú también. Pero prefiero morir a tu lado que vivir sin ti.”

Matteo la besó.

“Eres la mujer más valiente que conozco.”

“Y tú el hombre más terco.”

Se rieron.

El ataque comenzó.

Disparos.

Gritos.

Caos.

Matteo abrió la puerta de la mansión.

Los hombres de Benicio cayeron uno tras uno.

Valeria disparaba a su lado.

Nunca se separaban.

Benicio estaba en la sala.

Con una pistola.

Apuntando a Matteo.

“Sobrino. Qué honor.”

“El honor es mío, tío.”

“¿Viniste a matarme?”

“Vinimos a hacer justicia.”

Benicio se rió.

“Justicia. Eso no existe.”

Se giró hacia Valeria.

“Tú eres la hija de Ricardo. ¿Verdad?”

“Sí.”

“Tu padre era un buen hombre. Lástima que no supo callarse.”

“Por eso usted lo mató.”

“Yo no lo maté. Le pagué a alguien para que lo hiciera. Pero es lo mismo.”

Valeria apretó el arma.

“¿Por qué?”

“Porque iba a delatarme. Iba a contarle a Matteo lo del dinero. Y yo no podía permitirlo.”

Benicio levantó la pistola.

Apuntó a Valeria.

“Adiós, niña.”

Matteo se lanzó.

El disparo sonó.

Matteo cayó.

Valeria gritó.

“¡Matteo!”

Corrió hacia él.

Sangraba del hombro.

No era grave.

Pero parecía horrible.

Benicio se rió.

“Ahora voy a matarte a ti.”

Levantó la pistola.

Valeria lo miró.

“Hazlo. Pero antes, quiero que sepas algo.”

“¿Qué?”

“Tus hombres están muertos. Los míos están afuera. Y la policía viene en camino.”

Benicio palideció.

“Mientes.”

“Mira por la ventana.”

Benicio miró.

Policías.

Muchos policías.

Rodeaban la mansión.

Benicio bajó la pistola.

Valeria se levantó.

Le arrancó el arma.

Lo golpeó con la culata.

Benicio cayó.

“Por mi padre,” dijo ella.

“Por Matteo.”

Benicio escupió sangre.

“Eres igual a él.”

“Lo sé. Por eso me odias.”

La policía arrestó a Benicio.

Las pruebas eran contundentes.

Corrupción.

Sobornos.

Asesinato.

Fue condenado a cadena perpetua.

Sin posibilidad de libertad condicional.

Valeria fue al hospital.

Matteo estaba en una cama.

Con el brazo vendado.

“¿Duele?” preguntó ella.

“Un poco.”

“¿Te arrepientes?”

“De nada. Ni de haberte conocido.”

“Ni de haberme mentido?”

“Eso fue lo mejor que hice.”

Se besaron.

Días después, Matteo le pidió que se quedara.

“No en la mansión. Conmigo. Para siempre.”

“¿Y la mafia?”

“La voy a dejar.”

“¿De verdad?”

“Sí. Tu padre me enseñó que la honestidad vale más que el dinero. Voy a limpiar el negocio. Convertirlo en algo legal.”

“¿Y qué voy a hacer yo?”

“Lo que quieras. Pero a mi lado.”

Valeria sonrió.

“Acepto.”

Se casaron en la mansión.

Vestido blanco.

Flores blancas.

Los hombres de Matteo de testigos.

Valeria llevaba un collar que pertenecía a su madre.

Matteo llevaba el reloj de su padre.

Se miraron.

“¿Estás feliz?” preguntó él.

“Nunca fui tan feliz.”

“Ni yo.”

Se besaron.

Todos aplaudieron.

Alguien gritó: “¡Viva la reina!”

Valeria se rió.

“Reina de la mafia.”

“Y yo su rey.”

Bailaron toda la noche.

Una noche, Valeria encontró a Matteo en el jardín.

Miraba las estrellas.

“¿En qué piensas?”

“En tu padre. En mi tío. En todo lo que perdimos.”

“Y ahora, ¿qué tienes?”

“Te tengo a ti. Y es suficiente.”

Valeria se sentó a su lado.

“¿Te arrepientes de algo?”

“De nada. Ni de haberte descubierto.”

“Ni de haberme tenido atada a una silla?”

“Eso fue lo mejor que hice.”

Se besaron.

Las estrellas brillaban.

La ciudad dormía.

Dos almas rotas se encontraron.

Y se salvaron.

Tuvieron una hija.

Se llamaba Esperanza.

Como el futuro que construyeron juntos.

Matteo dejó la mafia.

Vendió la mansión.

Compró una casa en la playa.

Con jardín.

Con perros.

Con paz.

Valeria abrió una fundación.

Ayudaba a familias que perdieron a sus seres queridos por la violencia.

Matteo la apoyaba.

“Eres increíble,” le decía.

“Tú me enseñaste a serlo.”

Se besaban.

Y cada noche, antes de dormir, Matteo le susurraba.

“Gracias por haberte hecho pasar por pobre.”

“Gracias por haberme descubierto.”

“Gracias por quedarte.”

FIN

 

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