PARTE 2
El hombre que murió por Caruso
Lorenzo Caruso debía estar muerto.
Quince años atrás, antes de ser jefe, cayó en una emboscada en el muelle sur. Iba con tres hombres. Dos murieron. Él recibió un disparo y quedó atrapado detrás de un contenedor.
Los hombres de la familia rival lo buscaban.
Entonces apareció Tomás Rojas.
No era mafia.
Era mecánico del puerto.
Había arreglado motores para todos y nunca preguntaba más de lo necesario.
Tomás vio a Lorenzo herido.
Pudo irse.
No lo hizo.
Lo escondió en el taller, cerró la puerta y mintió cuando los hombres armados preguntaron si había visto a alguien.
Lo descubrieron.
Tomás no entregó a Lorenzo.
Murió por eso.
Antes de morir, le dio a Lorenzo una pulsera de cuero.
—Si alguna vez ves a mi hija con la otra mitad, dile que su padre no murió huyendo.
Lorenzo buscó a la niña.
Pero la familia rival llegó primero.
La madre de Camila desapareció de los registros. La niña cambió de dirección. El padrastro tomó otro apellido. La pista se perdió.
Hasta el club.
Hasta la pulsera.
Lorenzo volvió al presente mirando a Camila.
—Tu padre me salvó la vida.
Camila sintió que el suelo se movía.
—Mi padre murió en un robo.
—No.
Mauricio intervino.
—Señor Caruso, la chica tiene una deuda importante.
Lorenzo giró lentamente.
—Muéstrame el contrato.
Mauricio dudó.
Lorenzo sonrió.
—No era sugerencia.
Los contratos aparecieron.
Lorenzo los leyó.
Intereses ilegales.
Firmas falsas.
Cargos inventados.
Documento de cesión firmado por Iván, el padrastro.
Lorenzo lo dejó sobre la mesa.
—Esto no es deuda. Es secuestro con contabilidad.
Iván intentó reír.
—Yo la crié.
Camila lo miró.
—Me vendiste.
Lorenzo se quitó el abrigo y lo puso sobre sus hombros.
—Se va conmigo.
Mauricio palideció.
—Eso causará problemas con la familia Orsini.
Lorenzo sonrió.
—Diles que por fin tenemos tema de conversación.
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