PARTE 2
El jefe de la mafia que sí leyó el contrato
Dante Romano no se sentó.
Eso incomodó a todos.
Los hombres poderosos se sientan cuando quieren mostrar dominio.
Dante no lo necesitaba.
Solo apoyó una mano en el respaldo de la silla de Arturo y lo miró.
—Está en el lugar de la señora Moretti.
Arturo intentó reír.
—Dante, estamos entre socios.
—No somos socios.
La risa murió.
Dante levantó la mirada hacia Valentina.
—Usted pidió que viniera.
—Pedí que diera la cara.
—Aquí está.
Valentina tomó el contrato y se lo arrojó sobre la mesa.
—¿Esto es suyo?
Dante lo miró apenas.
—La primera página, sí.
—¿La cláusula matrimonial?
—No.
Héctor Lamas se puso pálido.
Valentina lo notó.
Dante continuó:
—Yo exigí pago de deuda. No esposa.
Sergio habló rápido:
—Pero sus hombres enviaron—
Dante giró hacia él.
—Mis hombres no escriben cláusulas de muerte con lenguaje de abogado barato.
La sala se heló.
Valentina abrió el contrato de nuevo.
—Cláusulas de muerte?
Dante extendió una mano.
—Página nueve.
Ella leyó.
Si Valentina Moretti fallece durante el periodo de bloqueo matrimonial, sus acciones serán administradas por el consejo directivo.
Había visto esa parte.
Pero Dante señaló una nota marginal casi invisible.
“Dante cargará con la muerte. La CEO no llegará al amanecer.”
Valentina sintió que el aire se volvía fino.
No era un contrato de matrimonio.
Era un plan de asesinato con coartada.
Arturo golpeó la mesa.
—Eso no estaba ahí.
Dante sonrió sin humor.
—Claro que estaba. Solo que ustedes no esperaban que yo leyera las copias antes de firmar.
Valentina miró a cada uno.
Su tío.
Su prometido.
Su amiga.
Su abogado.
Todos habían visto ese contrato.
Todos habían permitido que llegara a sus manos.
—¿Quién escribió la nota? —preguntó ella.
Nadie respondió.
Dante sacó un sobre negro del interior de su chaqueta.
Lo puso frente a Valentina.
—La deuda existe. Pero no la creó su padre.
Ella abrió el sobre.
Transferencias.
Firmas.
Cuentas offshore.
Préstamos falsos.
Autorizaciones internas.
Firmas de Arturo.
Firmas de Sergio.
Firmas de Héctor.
Y una autorización de comunicación firmada por Camila.
Valentina miró a su mejor amiga.
Camila empezó a llorar.
—Me dijeron que era para salvarte.
Valentina sintió algo romperse.
No gritó.
Las mujeres como ella no gritaban en salas donde los hombres esperaban verlas perder control.
Solo se volvió más fría.
Dante observó esa transformación con atención.
No como quien mira una víctima.
Como quien reconoce a alguien peligroso.
—¿Qué quiere de mí? —preguntó Valentina.
Dante respondió:
—Firmar otro contrato.
—No me vendo dos veces en una noche.
—No es venta.
Él puso un segundo documento sobre la mesa.
Contrato de protección temporal y cooperación para investigación de fraude corporativo.
Valentina leyó.
No matrimonio obligatorio.
No cesión de acciones.
No cláusula de muerte.
Solo una alianza.
Dante añadió:
—Ellos quieren que usted muera y que me culpen a mí. A mí me molesta cargar crímenes ajenos.
—Qué noble.
—No soy noble, señora Moretti.
Se inclinó ligeramente.
—Soy territorial. Y alguien usó mi nombre sin permiso.
Valentina sostuvo la pluma nueva que Dante le ofrecía.
Esta sí era de metal negro.
Pesada.
Elegante.
—¿Y si no firmo?
Dante sonrió.
—Entonces la escolto hasta su coche y probablemente alguien intente matarla en el garaje.
—¿Y si firmo?
—Entonces intentarán matarla igual.
—Gran oferta.
—La diferencia es que, si firma, yo también estaré esperando.
Valentina miró otra vez a su consejo.
Después firmó.
No porque confiara en Dante Romano.
Sino porque, en esa sala, el jefe de la mafia era el único que no le había mentido con voz de familia.
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