PARTE 2
El hombre que no olvidó la melodía
Gabriel Montenegro dejó la copa sobre una mesa porque ya no confiaba en su propia mano.
Durante diez años, creyó que había inventado esa canción.
O, al menos, que la había deformado la memoria.
La escuchó por primera vez cuando tenía diecisiete años, en una habitación del Hospital Santa Clara, siete días después de enterrar a su madre.
Su familia decía que debía ser fuerte.
Los médicos decían que debía descansar.
Su padre decía que los Montenegro no se quebraban en público.
Nadie preguntó si quería seguir vivo.
Solo una chica.
Una voluntaria del hospital, quizá.
O una paciente.
O un fantasma.
Nunca supo.
Ella llevaba una pulsera azul en la muñeca, una carpeta de partituras gastadas y una voz suave que no intentaba salvarlo con frases falsas.
—No tienes que hablar —le dijo la primera noche—. Yo tampoco sé qué decir.
Luego se sentó al piano pequeño de la sala común y tocó.
Gabriel no lloró al principio.
No podía.
Había pasado demasiados días siendo observado por personas que confundían sus lágrimas con debilidad.
Pero la tercera noche lloró de espaldas a ella.
La cuarta le pidió que repitiera una parte.
La quinta preguntó su nombre.
Ella sonrió.
—Cuando vuelvas a querer despertar, te lo digo.
La séptima noche, Gabriel fue dado de alta.
Al regresar para buscarla, ella ya no estaba.
En recepción nadie supo darle un nombre.
Durante años, Gabriel buscó.
Primero con obsesión adolescente.
Después con dinero.
Luego con vergüenza.
Finalmente en silencio.
Solo conservó el recuerdo de la melodía y un detalle absurdo:
una pulsera azul de tela, anudada en la muñeca de la chica.
Ahora, en su propia gala, una pianista desconocida había tocado la misma canción.
La misma pausa en la tercera nota.
El mismo cierre imperfecto.
El mismo dolor convertido en luz.
Gabriel caminó hacia el piano cuando la pieza terminó.
Nora estaba guardando sus partituras.
—¿Cómo se llama esa canción? —preguntó él.
Ella levantó la vista.
De cerca era más joven de lo que parecía en el escenario.
Veintitantos.
Ojos expresivos.
Rostro delicado.
Belleza natural, no de revista, sino de esas que parecen más reales porque no piden permiso para existir.
—No tiene nombre oficial —respondió.
—¿La compuso usted?
Nora se tensó.
—Hace mucho.
—¿Dónde?
Ella frunció el ceño.
—¿Eso importa?
Gabriel no estaba acostumbrado a que le respondieran con otra pregunta.
Con ella, por alguna razón, no le molestó.
—Sí.
Bárbara apareció a su lado.
—Gabriel, te están esperando.
Él no apartó los ojos de Nora.
—Un minuto.
Bárbara sonrió, pero su mandíbula se tensó.
—La pianista ya terminó.
Nora cerró la carpeta.
—Sí. Ya terminé.
Intentó levantarse.
Gabriel dio un paso.
—Espere.
Bárbara lo miró con una mezcla de sorpresa y humillación.
—Gabriel.
Esta vez él sí la miró.
—Después.
Una palabra.
Suficiente para que Bárbara entendiera que algo había cambiado en una sala donde ella llevaba años creyéndose inevitable.
Nora, incómoda, se apartó del piano.
—No quiero causar problemas.
Gabriel casi respondió:
Ya los causó hace diez años.
Pero no podía decir eso.
Todavía no.
—Solo quiero saber dónde escuchó esa melodía.
Nora lo miró con cautela.
—No la escuché. La escribí.
El pecho de Gabriel se cerró.
—¿Para quién?
Nora guardó silencio.
Su mano rozó, sin darse cuenta, la muñeca izquierda.
La pulsera azul estaba allí.
Gastada.
Trenzada.
Casi escondida bajo el borde del guante corto que llevaba para tocar.
Gabriel la vio.
Y el mundo volvió a la habitación de hospital.
La lluvia.
El piano pequeño.
La voz:
Cuando vuelvas a querer despertar, te digo mi nombre.
Él dio un paso atrás.
Nora notó el cambio.
—¿Se encuentra bien?
Gabriel no respondió.
Porque si decía algo, tal vez diría su nombre aunque aún no lo supiera.
El supervisor apareció de nuevo.
—Señor Montenegro, la pianista debe pasar al backstage.
Gabriel asintió lentamente.
—Claro.
Nora se alejó.
Bárbara se acercó, fría.
—¿Quién es ella?
Gabriel miró hacia el pasillo por donde Nora desapareció.
—No lo sé.
Pausa.
—Pero creo que la he estado buscando toda mi vida.
Bárbara no dijo nada.
Pero esa frase fue suficiente para convertir a Nora en enemiga.
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