PARTE 4
La guardaespaldas que cargaba al CEO como un saco
El primer día de Inés fue un desastre perfecto.
Sebastián tenía una agenda imposible: junta a las siete, reunión con inversores a las nueve, visita a obra a las once, almuerzo con socios a las dos, llamada internacional a las cuatro y cena privada a las nueve.
Inés lo siguió como sombra.
Pero no como una sombra elegante.
Tropezó con una alfombra.
Llamó “señor piedra” a Sebastián en voz baja, sin saber que él la escuchó.
Preguntó por qué el ascensor privado tardaba tanto si era privado.
Y casi golpeó a un director que intentó acercarse demasiado rápido con un contrato enrollado en la mano.
Sebastián, contra todo pronóstico, no la despidió.
Al contrario.
Cada vez la miraba más.
—¿Siempre habla tanto? —preguntó él en el ascensor.
—Solo cuando estoy nerviosa.
—Entonces vive nerviosa.
—No. Usted vive poniendo cara de tormenta.
Bruno tosió para ocultar la risa.
Sebastián lo miró.
—África.
Bruno dejó de reír.
Esa noche, Sebastián bebió demasiado en una cena de negocios. No por diversión. Por estrategia. Quería cerrar un acuerdo sin mostrar debilidad y terminó con un dolor de estómago brutal.
Bruno llamó a Inés.
—Señorita Salazar, el señor Rivas necesita que lo lleven a casa.
—¿No soy guardaespaldas?
—En Rivas Group, lo que el señor Rivas necesite, eso es usted.
Inés llegó al restaurante y encontró a Sebastián sentado como si estuviera bien, aunque el sudor en su frente decía lo contrario.
—Venga —dijo ella—. Lo llevo.
—Puedo caminar.
—Puede caerse también.
—No me cargue.
Inés ya lo tenía en brazos.
Sebastián se quedó rígido.
—¡Bájeme!
—Está liviano.
—No estoy liviano.
—Pues yo soy fuerte.
Los camareros miraban sin saber si reír o rezar.
Sebastián, el CEO que hacía temblar consejos de administración, estaba siendo cargado por su guardaespaldas como un saco de arroz caro.
En la mansión, Inés intentó ayudarlo a quitarse la chaqueta.
—No.
—Le va a dar más calor.
—Dije que no.
—No sea dramático.
—Inés.
Ella se detuvo.
Porque la forma en que dijo su nombre le recordó demasiado a aquella noche.
Sebastián también lo sintió.
El aroma.
No perfume caro.
No flores de diseñador.
Hierbas frescas, jabón limpio, lluvia en tierra.
Su mano se cerró alrededor de la muñeca de ella.
—Tu olor…
Inés sintió que el corazón se le congelaba.
—¿Qué tiene?
Sebastián se acercó apenas.
—Es familiar.
Ella dio un paso atrás.
—Será el desodorante barato.
En ese momento, Valeria apareció con una bandeja de sopa.
—Sebastián, te traje algo para la resaca.
Inés se apartó rápido.
Valeria vio la escena.
Vio la mano de Sebastián aún en el aire.
Vio la tensión.
Y odió.
—Yo me encargo —dijo Valeria, dulce.
Sebastián miró la sopa.
Luego a Valeria.
—No entres a mi habitación sin permiso.
Valeria se quedó helada.
—Soy tu mujer.
—Estás en esta casa porque asumí responsabilidad por una noche. No porque te haya dado derecho sobre mí.
Inés escuchó desde el pasillo.
“Su mujer.”
Sintió un golpe.
Así que era verdad.
Sebastián estaba comprometido con Valeria.
Y ella, Inés, era solo la guardaespaldas que no debía recordar una noche equivocada.
Desde ese momento, decidió mantener distancia.
No sabía que precisamente esa distancia volvería loco a Sebastián.
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