PARTE 4
La hermana vestida de blanco
Emilia siempre quiso lo que pertenecía a Natalia.
De niñas, eran los vestidos.
Después, los premios escolares.
Luego, la atención de su padre.
Y finalmente, Alejandro.
Pero Emilia no odiaba a Natalia de una forma simple.
Eso habría sido más fácil.
Emilia la admiraba y la detestaba al mismo tiempo.
Natalia era la hija fuerte.
La que decía no.
La que discutía con Don Ricardo.
La que eligió estudiar derecho aunque su padre quería verla casada con un socio conveniente.
Emilia aprendió otro camino:
sonreír, obedecer, esperar y tomar lo que otros dejaban sin vigilancia.
Durante el juicio, Emilia lloró frente al juez.
—Mi hermana estaba fuera de control —dijo—. Tomás sabía algo sobre ella y Alejandro. Ella tenía miedo de que la boda se cancelara.
Natalia la miró desde el banquillo.
—Emilia, dime la verdad.
Emilia no la miró.
—Esa es la verdad.
Siete años después, Natalia estaba frente a ella en el altar.
Y Emilia volvía a llorar.
—Yo no sabía que Tomás estaba vivo —susurró.
Natalia cerró la carpeta.
—Todavía no te pregunté.
Emilia tragó saliva.
Alejandro se volvió hacia su prometida.
—¿Qué sabías?
Ella miró a los invitados, a las cámaras, a su padre.
—Nada.
Natalia sacó una fotografía.
Emilia entrando a la clínica clandestina Santa Elvira.
Fecha: dos años después del juicio.
Otra foto.
Emilia saliendo con un sobre marrón.
Otra.
Emilia abrazando a un hombre con el rostro cubierto por una capucha.
Natalia puso la foto sobre el altar.
—Ese hombre es Tomás.
Alejandro tomó la imagen.
Sus manos temblaron.
—Emilia…
Ella negó con la cabeza.
—No sabía que era él. Papá me dijo que era un testigo protegido.
Natalia rio.
—Qué familia tan curiosa. Todos obedecen sin preguntar justo cuando la pregunta puede salvarme.
Don Ricardo golpeó su bastón contra el suelo.
—Basta.
Natalia giró hacia él.
—No. Padre. Usted tuvo siete años de silencio. Ahora me toca a mí.
Emilia se acercó a Alejandro.
—Alejandro, por favor, yo te amé.
Natalia la miró.
—No. Tú amaste ganar.
Esa frase le atravesó el rostro.
En ese momento, uno de los guardias privados de Don Ricardo intentó abrir una puerta lateral.
Natalia levantó una mano.
Las pantallas de la iglesia cambiaron.
Apareció el exterior.
Hombres bloqueando todas las salidas.
No policías.
Excompañeras de prisión de Natalia.
Mujeres que le debían favores.
Mujeres que sabían cerrar puertas mejor que cualquier guardia privado.
Natalia sonrió.
—Nadie sale hasta que termine la ceremonia.
El sacerdote murmuró:
—Dios mío…
Natalia miró el altar.
—Exacto, padre. Que Dios escuche también. Porque el juez de la tierra estuvo comprado.
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