PARTE 3
La casa sin cámaras
La casa estaba en las afueras.
No era mansión.
Eso sorprendió a Sofía.
Era una vivienda baja, de piedra clara, con jardín descuidado y ventanas grandes cubiertas por cortinas viejas.
Emiliano abrió la puerta con una llave escondida en una maceta.
Sofía lo miró.
—Muy seguro para un CEO amenazado.
—Nadie cree que todavía venga aquí.
—¿Qué es este lugar?
—La casa de mi padre.
La respuesta cambió el aire.
Dentro olía a madera, polvo y recuerdos cerrados.
No había personal.
No había cámaras.
No había lámparas caras.
Solo muebles cubiertos con sábanas, libros viejos y una chimenea apagada.
Sofía revisó puertas y ventanas por costumbre.
Emiliano la observó.
—No confías en nada.
—Confío en las salidas.
—Eso no es confianza.
—Es supervivencia.
Él no discutió.
Fue a un armario, sacó una toalla y se la ofreció.
Sofía tenía el cabello húmedo por la lluvia que entró al coche al cambiar de ruta.
—Gracias.
—No pareces alguien que acepte ayuda fácil.
—No pareces alguien que la ofrezca sin sentirse incómodo.
Emiliano casi sonrió.
—Justo.
Sofía se quitó la chaqueta mojada y revisó su auricular.
Muerto.
—Estamos aislados.
—¿Cuánto tiempo?
—Hasta que mi equipo localice el coche o yo encuentre una señal segura.
Emiliano encendió la chimenea con dificultad.
—No eres la única que sabe hacer cosas útiles.
—Lo dice un hombre que tardó tres minutos en encontrar fósforos.
—No arruines mi momento.
Esta vez Sofía sí sonrió.
Pequeño.
Pero él lo vio.
Y por alguna razón, ese gesto le importó más que debería.
Mientras el fuego tomaba fuerza, Sofía encontró una caja de fotos sobre una mesa.
No la abrió.
Emiliano lo notó.
—Puedes mirar.
—No reviso cosas personales sin permiso.
—Eso es nuevo en alguien contratado para vigilarme.
—Vigilarlo no significa invadirlo todo.
Él la miró.
Cada respuesta de Sofía le quitaba un prejuicio.
En las fotos estaba Emiliano niño, junto a un hombre de rostro amable.
—Mi padre —dijo él.
Sofía sostuvo una foto con cuidado.
—Se parecen.
—Él sonreía más.
—Eso no era difícil.
Emiliano soltó una risa baja.
Luego el silencio volvió.
—Mi padre murió cuando yo tenía veinte años —dijo—. Damián y Bianca creen que eso me volvió frío.
Sofía dejó la foto.
—¿Y no?
—No. Me volvió desconfiado. Frío me volvió todo lo que vino después.
Ella se sentó frente al fuego, a cierta distancia.
—¿Por eso no escucha advertencias?
—¿Por qué tú convertiste esta noche en sesión psicológica?
—Porque me pagan por notar patrones.
—¿Y cuál es mi patrón?
Sofía lo miró.
—Confunde independencia con aislamiento. Eso lo hace fácil de rodear aunque parezca intocable.
La frase fue demasiado precisa.
Emiliano no respondió.
Sofía pensó que se había pasado.
Pero él dijo:
—¿Y tú?
—¿Qué?
—Tu patrón.
Ella miró el fuego.
—No estamos hablando de mí.
—Ahora sí.
—No hay mucho que decir.
—Mentira.
Sofía sonrió sin alegría.
—Muy bien. Mi patrón es aceptar trabajos donde todos me subestiman porque es más fácil demostrar competencia que pedir respeto.
Emiliano la miró largo.
—¿Y te cansa?
—Mucho.
—¿Por qué sigues?
—Porque mi padre era escolta. Lo acusaron de fallar en un trabajo donde la persona protegida no quiso seguir protocolo. Murió con la culpa de otros encima.
Emiliano guardó silencio.
—Yo tenía diecisiete años —continuó Sofía—. Aprendí que el mundo perdona antes a un hombre poderoso irresponsable que a un empleado muerto sin apellido.
—Por eso entraste a seguridad.
—Por eso aprendí a no dejar que nadie que dependa de mí muera por orgullo.
La frase quedó entre ellos.
Emiliano bajó la mirada.
—Entonces hoy debí irritarte bastante.
—Mucho.
—Lo siento.
Sofía lo miró.
No esperaba una disculpa tan simple.
—Gracias.
El teléfono de Emiliano vibró de pronto.
Señal breve.
Mensaje de Bianca:
¿Dónde estás? Me dijeron que Sofía no era conductora. No confíes en ella.
Sofía leyó desde lejos y se levantó.
—No responda.
—No iba a hacerlo.
Otro mensaje.
Damián:
Primo, hay rumores de que tu conductora te sacó por la fuerza. Podemos controlar el daño si regresas.
Emiliano apagó el teléfono.
—Quieren convertirte en amenaza.
—Obvio.
—Podrían lograrlo.
—Sí.
—¿No te molesta?
Sofía lo miró.
—Me molesta más cuando funciona.
En ese momento, un ruido exterior los alertó.
Un coche.
Luces entre los árboles.
Sofía apagó una lámpara.
—Al suelo.
Emiliano obedeció esta vez sin discutir.
Ella se acercó a la ventana.
Dos hombres bajaron del vehículo.
No eran policías.
—Nos encontraron —susurró él.
—No. Encontraron la casa. Todavía no a nosotros.
—¿Cuál es la diferencia?
Sofía lo miró con una calma que lo hizo confiar antes de querer hacerlo.
—Yo.
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