LA SIRVIENTA QUE RESULTÓ SER LA DUEÑA DEL IMPERIO La humillaron como criada… sin saber que ella había vuelto para destruirlos desde dentro – PARTE 4

PART 4

La torre donde murió el padre de Valentina

Diego miró a su madre como si acabara de verla por primera vez.

Isadora Altamirano siempre había sido fría. Eso no era nuevo. Creció con una madre que corregía su postura antes de abrazarlo, que medía su valor por sus logros, que llamaba debilidad a cualquier emoción incómoda.

Pero verla allí, en la torre Serrano, junto a una mujer que había intentado matarlo horas antes, era algo distinto.

—¿Tú también? —preguntó.

Isadora suspiró.

—No seas dramático.

Valentina soltó una risa seca.

—Qué familia tan encantadora.

Camila Voss caminó lentamente alrededor de ellos.

—Isadora fue quien me encontró después de que Ricardo destruyó a mi familia. Me dio recursos, nombres, acceso. Ella quería el imperio sin Ricardo. Yo quería venganza. Fue una sociedad práctica.

Diego miró a su madre.

—¿Querías matar a papá?

—Quería quitarle el control.

—Ordenó matarme.

Isadora endureció el rostro.

—No estaba previsto que estuvieras en el almacén.

—Eso no es consuelo.

Valentina dio un paso.

—¿Y mi padre? ¿También fue práctico?

Isadora sonrió.

—Aurelio Serrano era brillante, pero sentimental. Sospechó demasiado tarde. Creyó que podía hablar con Ricardo. Creyó que la amistad tenía valor en una sala de negocios.

—¿Tú lo mataste?

—Yo no empujé a nadie.

Valentina sintió que la rabia le subía.

—Pero abriste la puerta.

Isadora no respondió.

Eso fue suficiente.

De pronto, las luces de emergencia se encendieron. Hombres armados aparecieron en los pasillos laterales. Samuel levantó su arma. Diego tomó una barra metálica del suelo. Valentina sacó una navaja corta escondida en su bota.

Camila sonrió.

—Vamos a terminar esto donde empezó.

La pelea explotó en el vestíbulo de la torre.

No fue una batalla elegante.

Fue vidrio rompiéndose, botas contra mármol, respiraciones duras, golpes contra columnas y sombras moviéndose bajo luces rojas de emergencia.

Samuel enfrentó a dos hombres a la vez, viejo pero feroz. Diego protegió la espalda de Valentina cuando uno intentó sujetarla. Ella se giró, golpeó al atacante en el cuello con el antebrazo y lo derribó contra una mesa rota.

—No peleas tan mal para ser niño rico —dijo.

Diego respiró fuerte.

—Y tú das demasiados cumplidos.

—No te acostumbres.

Camila se lanzó contra Valentina.

Ambas chocaron contra una pared. Camila peleaba con rabia. Valentina con disciplina. La rabia golpea fuerte, pero se cansa rápido. Valentina esperó, recibió un golpe en el hombro, giró y derribó a Camila contra el suelo.

—Esto no te devolverá a tu familia —dijo Valentina.

Camila, respirando con dificultad, respondió:

—No. Pero me deja mirar cómo pierdes la tuya.

Valentina sintió el peligro antes de verlo.

Isadora tenía a Diego.

Una pistola contra su costado.

—Suelta el arma, Valentina.

Diego estaba pálido.

—No lo hagas.

Isadora presionó más.

—Calla.

Valentina dejó caer la navaja.

Samuel también bajó su arma.

Isadora sonrió.

—Al final, todos tienen un punto débil.

Valentina la miró.

—¿Incluso tú?

—Yo me quité los míos hace años.

—No. Solo los traicionaste antes de que pudieran traicionarte.

La sonrisa de Isadora tembló apenas.

Diego aprovechó ese segundo.

No intentó hacerse el héroe. Hizo algo más inteligente: pisó con fuerza el pie de su madre y se dejó caer hacia un lado. La pistola se desvió. Samuel disparó a una lámpara sobre ellos. La oscuridad parcial llenó el vestíbulo.

Valentina corrió hacia Isadora.

La golpeó contra la pared y le arrebató el arma.

No la disparó.

Solo la apuntó.

—Mi padre murió aquí —dijo Valentina—. Durante tres años imaginé este momento. Pensé que cuando tuviera frente a mí a la persona responsable, querría verla suplicar.

Isadora respiraba con dificultad.

—Hazlo.

Valentina la miró con odio.

—No. Quiero verte viva cuando todos sepan quién eres.

La policía financiera y el equipo legal de Samuel entraron minutos después. No eran policías comunes. Eran contactos que Aurelio Serrano había dejado preparados en caso de traición. Hombres y mujeres con órdenes, grabaciones y documentos suficientes para tumbar el castillo.

Isadora fue esposada.

Camila también.

Pero antes de que se la llevaran, Camila miró a Valentina.

—Ricardo todavía tiene la última página.

Valentina se volvió.

—¿Dónde?

Camila sonrió.

—En el único lugar donde nadie busca documentos: dentro del ataúd vacío de tu padre.

Valentina sintió que el mundo se detenía.

—¿Qué?

Camila rió.

—¿De verdad creíste que Aurelio Serrano está enterrado donde dice la lápida?

Samuel palideció.

Valentina giró hacia él.

—¿Qué significa eso?

Samuel no respondió.

—¡Samuel!

El viejo guardaespaldas cerró los ojos.

—Tu padre no murió aquella noche en la torre.

Diego dejó de respirar.

Valentina sintió que el suelo desaparecía.

—¿Mi padre está vivo?

Samuel la miró con una culpa que llevaba años escondiendo.

—No lo sé.

Y en ese instante, Valentina entendió que la traición era mucho más profunda de lo que imaginó.

No solo le robaron un imperio.

Le robaron la verdad sobre su propio padre.


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