CHAP 2
El sobre con su nombre
Dante no llevó a Ariana a su mansión.
Eso habría sido lo evidente.
Y, según él, lo evidente era lo primero que un enemigo vigilaba.
La llevó a un hotel cerrado en el centro viejo de la ciudad, un edificio elegante por fuera y casi abandonado por dentro. Las luces estaban apagadas en la mayoría de los pisos. Solo el último tenía electricidad.
—¿Siempre llevas mujeres vendidas a hoteles vacíos? —preguntó Ariana, empapada y furiosa.
Dante abrió la puerta de una suite con una tarjeta negra.
—Solo cuando las intentan secuestrar antes de medianoche.
—Qué específico.
—Mi vida suele serlo.
Ariana entró.
El lugar era lujoso, pero frío. Grandes ventanales, muebles oscuros, una mesa de cristal, un sofá gris y una vista de la ciudad mojada por la lluvia.
Dante cerró la puerta y dejó su arma sobre la mesa.
Ariana la miró.
—¿Eso debería tranquilizarme?
—No.
—Honesto, al menos.
Dante se quitó la chaqueta y habló por teléfono con alguien. Su voz cambió. Se volvió más dura.
—Quiero cámaras de la mansión Vega. Matrículas. Nombres. Hombres en cada salida de la ciudad. Encuentren a Esteban y a Rafael antes de que los encuentre otro.
Colgó.
Ariana se cruzó de brazos.
—No necesito que busques a mi familia.
—No los busco por ti.
—Entonces por qué.
—Porque saben algo por lo que alguien acaba de entrar a una mansión llena de testigos para llevarte.
Ariana no respondió.
Dante tomó el sobre que uno de sus hombres había recuperado del coche durante la huida. Estaba húmedo por la lluvia, pero intacto.
Tenía su nombre escrito:
ARIANA VEGA.
Ella lo miró.
—Eso no estaba en mi bolso.
—Estaba en el asiento trasero de mi coche.
—¿Cómo llegó ahí?
—Esa es una de las preguntas.
Ariana abrió el sobre.
Dentro había una fotografía antigua.
Su madre.
Elisa Vega.
No, Elisa Serrano antes de casarse.
La imagen parecía tomada muchos años atrás. Elisa estaba de pie frente a un puerto, con el cabello suelto y una expresión seria. Junto a ella había un hombre joven.
Ariana no lo conocía.
Dante sí.
Lo notó en su rostro.
—¿Quién es? —preguntó.
Dante tardó en responder.
—Mi padre.
Ariana sintió frío.
—¿Tu padre conocía a mi madre?
—Eso parece.
Ella giró la fotografía.
Detrás había una frase escrita con tinta roja:
“Tu madre murió por esconder la llave. Tú eres la llave.”
Ariana leyó la frase varias veces.
—No entiendo.
Dante tomó la foto sin arrebatársela.
Su expresión ya no era solo fría.
Era peligrosa.
—Mi padre murió hace doce años. Lo mataron después de una reunión en el puerto.
—¿Con mi madre?
—Eso no lo sabía hasta ahora.
Ariana retrocedió.
—Mi madre murió en un accidente.
Dante la miró.
—¿Eso te dijeron?
Ella odió esa pregunta.
Porque de pronto todas las mentiras de su familia parecían posibles.
—No hables como si supieras más de mi vida que yo.
—Quizá hoy ambos descubrimos que sabíamos menos de lo que creíamos.
Ariana apretó el sobre.
—¿Qué significa que yo soy la llave?
Dante señaló el collar que llevaba al cuello. Una cadena fina con un medallón ovalado.
—¿De dónde salió eso?
Ella lo tocó por reflejo.
—Era de mi madre.
—Ábrelo.
—No.
—Ariana.
—Dije que no.
Dante la miró en silencio.
Luego asintió.
—Cuando quieras.
La respuesta la sorprendió.
Esperaba presión. Orden. Amenaza.
No paciencia.
—No confío en ti —dijo ella.
—Bien.
—¿Bien?
—Confiar rápido es una forma elegante de morir.
Ariana casi quiso reír.
Casi.
El teléfono de Dante vibró.
Contestó.
Escuchó.
Su rostro cambió apenas.
—Entiendo.
Colgó.
—Tu padre salió de la ciudad.
Ariana sintió un vacío en el pecho.
—¿Y Rafael?
—Desapareció.
—Claro.
—Antes de irse, enviaron un mensaje a un número registrado bajo el nombre de Massimo Moretti.
Dante guardó el teléfono.
Ariana notó la tensión en su mandíbula.
—¿Quién es Massimo?
—Mi tío.
—¿Tu tío estaba hablando con mi padre?
—Eso parece.
—¿Y eso es malo?
Dante se acercó a la ventana.
—Massimo lleva años esperando que yo cometa un error para quitarme el control de la familia.
Ariana sintió que entendía demasiado.
—Y yo soy el error.
Dante la miró.
—No.
—Entonces qué soy.
Él miró la fotografía.
—La razón por la que todos dejaron de esconderse.
Esa noche, Ariana no durmió.
Dante le dejó la habitación principal y se quedó en la sala, haciendo llamadas, revisando cámaras y moviendo hombres por la ciudad.
A las cuatro de la mañana, Ariana abrió el medallón.
No porque Dante se lo pidiera.
Porque la frase detrás de la foto la estaba quemando.
Dentro no había una imagen.
Había una lámina diminuta de metal con números grabados.
Dante estaba despierto.
—Lo abriste.
Ariana sostuvo la lámina.
—No significa que confíe.
—No lo pedí.
—¿Qué es?
Dante la tomó con cuidado.
—Una clave.
—¿Para qué?
—Para algo que tu madre escondió.
Antes de que pudieran seguir, el teléfono de la suite sonó.
Nadie debía tener ese número.
Dante contestó.
Una voz masculina habló lo bastante alto para que Ariana escuchara.
—Entrégame a la chica y te dejaré vivir, sobrino.
Dante no cambió de expresión.
—Massimo.
La voz rio.
—El problema no es la chica. Es lo que lleva al cuello.
Ariana sintió que el collar pesaba como una cadena.
Massimo continuó:
—Tu padre murió por proteger lo mismo que su madre escondió. Pregúntale a la hija de Elisa Serrano cuánta sangre Moretti tiene su familia en las manos.
La llamada se cortó.
Dante miró lentamente a Ariana.
Y por primera vez, ella vio duda en sus ojos.
No sobre protegerla.
Sobre si debía odiarla.
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