PARTE 2
La esposa que empezó a contar
Tres meses antes, Natalia no sospechaba de una amante.
Sospechaba de un vacío.
Andrés llegaba tarde.
Dejaba el teléfono boca abajo.
Se duchaba apenas entraba a casa.
Evitaba hablar del bebé perdido.
Cuando Natalia decía:
—Necesito que hablemos de lo que pasó.
Él respondía:
—No empieces otra vez.
Cuando ella preguntaba:
—¿Ya no quieres intentar tener hijos?
Él se cerraba.
—No estoy listo, Natalia. Tú siempre quieres empujarme.
Ella se culpaba.
Pensaba que quizá su dolor era demasiado grande.
Que quizá Andrés sufría de otra manera.
Que quizá el matrimonio necesitaba tiempo.
Hasta que encontró el recibo.
Ácido fólico.
Prueba de embarazo.
Crema antiestrías.
La farmacia estaba frente al edificio Altos del Río.
Natalia llamó al agente inmobiliario al día siguiente.
—Buenos días, soy Natalia Rivas, socia de Molina & Rivas. Necesito confirmar el uso del apartamento 1204.
El agente respondió con normalidad:
—Claro, señora. El señor Molina renovó el alquiler por seis meses. Me comentó que era para su pareja embarazada.
Natalia apretó el bolígrafo entre los dedos.
—¿Su pareja?
—Sí, señora. ¿Hay algún problema?
Ella miró la foto de su boda sobre el escritorio.
—No. Ninguno. Gracias.
Colgó.
No gritó.
No llamó a Andrés.
No llamó a Verónica.
Abrió una carpeta en su ordenador y escribió:
Andrés.
A partir de ese día, guardó todo.
Recibos.
Correos.
Facturas.
Pagos.
Fotos del garaje.
Registros de entrada.
Cada prueba era una puñalada.
Pero también era un ladrillo.
Y Natalia estaba construyendo una salida.
Una noche, Andrés volvió tarde y la besó en la frente.
—¿Estás bien?
Ella lo miró.
—Sí. Solo cansada.
Él sonrió, aliviado.
—Deberías descansar más. Últimamente estás muy sensible.
Natalia pensó:
“Disfruta esa palabra mientras puedas.”
Porque había una diferencia entre estar sensible y estar despierta.
Y Natalia acababa de despertar.
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