PARTE 14
La última carta de Inés
Tres meses después, Inés dejó una carta.
No la envió por correo.
La dejó sobre la mesa de póker, bajo la Reina de corazones.
Valeria la encontró al abrir el casino.
“Valeria:
No voy a pedirte que me perdones.
Sería otra forma de pedirte algo.
Solo voy a decirte la verdad que nunca dije completa.
Yo te envidiaba.
No porque fueras perfecta, sino porque yo creía que nadie podía destruirte.
Cuando papá me pidió los guantes de Mateo, pensé que solo iba a arruinar la boda. Pensé que por una vez tú caerías y yo podría respirar sin compararme contigo.
Luego vi la sangre.
Y entendí que había confundido sombra con muerte.
No disparé.
Pero ayudé a preparar el escenario.
Eso también mancha.
Voy a declarar todo lo que falta.
Después me iré a un lugar donde mi apellido no compre ni destruya nada.
No quiero volver a ser tú.
Quiero descubrir si queda algo mío debajo de todo lo que quise robarte.
Inés.”
Valeria leyó la carta una vez.
Luego otra.
No lloró.
Pero guardó la Reina de corazones en un cajón.
Adrián le preguntó:
—¿Vas a responder?
—No.
—¿Nunca?
—No hoy.
Eso era más de lo que Inés habría recibido antes.
Mateo volvió esa tarde.
No pidió entrar.
Esperó en la puerta del casino.
Valeria lo vio por la cámara durante diez minutos antes de bajar.
—Dije que no vinieras.
—Lo sé.
—Y viniste.
—Sí.
—Eso no es buen comienzo.
Mateo asintió.
—Traje algo.
Le entregó una caja pequeña.
Valeria no la abrió.
—No quiero regalos.
—No es regalo. Es deuda.
Dentro estaba su anillo de compromiso.
No brillante.
No limpio.
Quemado por un lado, recuperado de los archivos de la iglesia.
—Lo guardé —dijo Mateo—. Incluso cuando creí que me traicionaste. Incluso cuando intenté odiarte.
Valeria sostuvo el anillo.
No sintió amor.
Sintió una vida que ya no existía.
Caminó hasta la mesa de póker y lo dejó junto a la bala.
—Aquí se queda.
Mateo aceptó.
—Está bien.
Valeria lo miró.
—No voy a volver a ser tu novia.
—Lo sé.
—No voy a reconstruir lo que murió en el altar.
—Lo sé.
—Entonces qué haces aquí?
Mateo respiró.
—Aprender a no llegar tarde a la verdad, aunque ya no me dé lo que perdí.
Valeria no respondió.
Pero no le pidió que se fuera.
Esa noche, por primera vez, jugaron una partida sin apuestas.
Solo cartas.
Silencio.
Y dos personas que ya no sabían si eran enemigos, extraños o sobrevivientes del mismo disparo.
👉 [Haz clic aquí para leer la siguiente parte] 👈