CHAP 6
El trato con Vidal
No lograron salir por el ascensor.
Patricia había bloqueado todos los accesos ejecutivos del edificio.
Damián, Clara y Nicolás bajaron por la escalera de emergencia mientras las alarmas sonaban sobre sus cabezas. Nicolás iba esposado con una brida de seguridad que Clara encontró en la oficina de mantenimiento.
—Esto es secuestro —protestó él.
Clara no se detuvo.
—Denúnciame. Me encantará verte explicar por qué estabas huyendo con pasaportes falsos.
Damián iba delante, hablando por teléfono con Bruno Salcedo, abogado externo de Ernesto. El único que no dependía de Patricia.
—Necesito fiscales financieros, policía y prensa confiable en la entrada sur —ordenó Damián—. No, no dentro de una hora. Ahora.
En el piso veinte, las luces se apagaron.
Clara se detuvo.
—Eso no es bueno.
Nicolás sonrió.
—Mi tía siempre tiene un segundo plan.
La puerta de emergencia del piso diecinueve se abrió.
Entraron tres hombres que no llevaban uniforme del edificio.
Damián empujó a Clara detrás de una pared.
—Vidal.
Uno de los hombres habló:
—Entreguen la carpeta y nadie se cae por las escaleras.
Clara miró hacia abajo.
Demasiados pisos.
Damián respondió:
—Dile a Horacio que venga él.
Una risa sonó desde el descansillo inferior.
Horacio Vidal subió lentamente.
Era un hombre de unos sesenta años, elegante, cabello plateado, bastón caro y ojos de depredador educado.
—Damián Arce —dijo—. Siempre pensé que tu abuelo te dejaría mejor entrenado.
Damián no bajó la guardia.
—Mi abuelo te odiaba.
—Tu abuelo era un romántico. Creía que los imperios debían tener conciencia.
Vidal miró a Clara.
—Y tú debes ser la sorpresa.
Clara sostuvo su mirada.
—Y usted debe ser el hombre que compra familias cuando no puede construir una.
Vidal sonrió.
—Me gusta.
—No era para gustarle.
—Me gusta más.
Damián levantó la carpeta.
—Esto termina hoy.
Vidal negó.
—No. Hoy solo cambia el precio.
Miró a Clara.
—Te ofrezco cien millones por tus acciones y una salida limpia del país. Tu hermana recibirá atención médica de por vida. Tu padre tendrá una placa bonita en alguna fundación. Todos ganan.
Clara sintió la tentación no como codicia, sino como cansancio.
Cien millones.
Seguridad para Lucía.
Salir de esa guerra.
No vivir rodeada de asesinos con apellidos elegantes.
Damián la miró.
No dijo nada.
Eso fue importante.
No le pidió que fuera valiente.
No la presionó.
La decisión era suya.
Clara miró a Vidal.
—Mi padre murió porque no quiso vender la verdad.
Vidal suspiró.
—Tu padre murió porque no entendió que todos tienen precio.
Clara dio un paso.
—Entonces murió sabiendo algo que usted nunca aprendió.
Vidal perdió la sonrisa.
—Qué desperdicio.
Uno de sus hombres avanzó.
Damián se movió primero. La pelea en la escalera fue brutal y peligrosa. Un golpe contra la baranda. Un cuerpo cayendo en el descansillo. Nicolás gritó, intentando no ser arrastrado. Clara golpeó a un atacante con la carpeta metálica de emergencia.
Vidal no peleó.
Solo bajó un escalón, observando.
—Patricia tenía razón —dijo—. La chica complica todo.
Clara lo miró.
—Dígale a Patricia que gracias por subestimarme.
En ese momento, las puertas inferiores se abrieron.
Policía.
Fiscales.
Cámaras.
Bruno había llegado.
Vidal levantó las manos, tranquilo.
—Esto es un malentendido.
Clara bajó la escalera con la carpeta en alto.
—No. Esto es un contrato firmado con una familia para envenenar a un viejo, encubrir un asesinato y entregar rutas corporativas.
Bruno tomó la carpeta.
Vidal miró a Damián.
—¿Vas a dejar que una esposa falsa destruya tu apellido?
Damián respiró hondo.
Durante toda su vida, el apellido Arce fue escudo, corona y prisión.
Miró a Clara.
Luego a Vidal.
—No. Voy a dejar que una mujer honesta destruya lo que mi apellido escondía.
Esa frase fue transmitida en vivo por tres periodistas que acababan de llegar a la entrada sur.
Patricia vio la transmisión desde la mansión.
Valeria también.
Y por primera vez, las dos entendieron que ya no estaban controlando una crisis.
Estaban dentro de ella.
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