PARTE 5
La heredera falsa y la verdadera
Lorenzo Ibarra entró a la sala de música con la tranquilidad de un hombre que llevaba demasiados años limpiando crímenes familiares.
Traje oscuro.
Cabello blanco.
Guantes negros.
Una pistola pequeña en la mano.
Era el abogado de los Valcárcel desde hacía treinta años. El hombre que firmaba contratos, escondía escándalos, compraba silencios y sonreía en funerales.
—Mariela —dijo—. Te pareces demasiado a tu madre. Eso siempre fue un problema.
Mariela levantó la barra.
—¿Dónde está?
Lorenzo sonrió.
—Directa. Igual que ella.
Renata dio un paso.
—¿Mi vida fue una mentira?
Lorenzo la miró con desprecio suave.
—Tu vida fue una solución.
La frase la golpeó.
—¿Solución para quién?
—Para todos. Octavio conservó el apellido. Beatriz perdió fuerza. Tú ganaste una mansión. La niña pobre ganó un orfanato en lugar de una tumba.
Mariela sintió que la rabia le quemaba la garganta.
—¿Querían matarme?
Octavio cerró los ojos.
Lorenzo respondió sin emoción:
—Yo lo sugerí. Tu abuelo prefirió esconderte. Siempre fue sentimental en los peores momentos.
Mariela miró a Octavio.
Él no negó.
Eso dolió más que una confesión.
Lorenzo levantó la pistola.
—Entreguen la cinta, la prueba de ADN y la llave.
Mariela apretó la llave en su mano.
—¿Qué abre?
Lorenzo sonrió.
—El lugar donde Beatriz dejó de gritar.
Catalina soltó un sollozo.
Renata miró a Mariela.
Por primera vez, no había soberbia en sus ojos.
Había decisión.
—Corre cuando yo lo diga —susurró.
Mariela frunció el ceño.
—¿Qué?
Renata tomó una botella de licor de la mesa de música y la arrojó contra la lámpara. El vidrio explotó. El líquido cayó sobre los cables viejos. Chispas. Humo.
—¡Ahora!
Mariela corrió hacia Lorenzo. No para huir.
Para atacarlo.
Le golpeó la muñeca con la barra. La pistola disparó al techo. Catalina gritó. Octavio cayó al suelo cubriéndose la cabeza.
Renata se lanzó sobre Lorenzo por detrás, pero él la empujó contra el piano. La joven se golpeó la boca. Sangre en los labios.
Mariela vio rojo.
Golpeó a Lorenzo en la rodilla.
El abogado cayó con un grito.
Catalina tomó la pistola caída.
—Ya basta.
Pero Lorenzo empezó a reír.
—¿Creen que eso cambia algo? Sin documentos públicos, sin registro, sin Beatriz, solo son dos muchachas peleando por un apellido podrido.
Mariela levantó la llave.
—Entonces vamos a buscar a Beatriz.
Octavio, desde el suelo, susurró:
—No está en la mansión.
Todos lo miraron.
—¿Dónde está? —preguntó Mariela.
El anciano parecía derrotado.
—En la cripta norte.
Renata palideció.
—¿La cripta familiar?
Octavio negó.
—Debajo.
Lorenzo gritó:
—¡Cállate!
Octavio lo miró con cansancio.
—Ya no, Lorenzo. Estoy viejo. Y los muertos no me dejan dormir.
Lorenzo intentó levantarse.
Catalina le apuntó.
—Ni un paso.
Mariela salió hacia los jardines con la llave.
Renata la siguió, limpiándose la sangre del labio.
—Voy contigo.
Mariela no se detuvo.
—No tienes que hacerlo.
Renata respondió:
—Sí tengo.
Mariela la miró.
Renata tragó saliva.
—Porque si ella escribió que no era mi culpa, necesito merecer al menos esa frase.
No era perdón.
No era amistad.
Pero era verdad.
Y por ahora, bastaba.
La cripta norte estaba detrás de los cipreses, bajo la lluvia. Mariela introdujo la llave en una puerta baja casi cubierta por hiedra.
Se abrió.
Bajaron.
Y al fondo, detrás de una reja oxidada, encontraron una cama, medicinas viejas, libros, velas apagadas…
y una mujer de cabello blanco sentada junto a la pared.
Delgada.
Pálida.
Viva.
Beatriz Valcárcel levantó la mirada.
Sus ojos oscuros encontraron los de Mariela.
La mujer susurró:
—Mi niña…
Mariela cayó de rodillas.
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