PART 4
La noche en que Daniel vio a su madre caer
Daniel Santillán nunca imaginó que protegería a Valeria de su propia familia.
Pero cuando los hombres de Lagos entraron por las ventanas de la biblioteca, todo ocurrió demasiado rápido para pensar.
Uno de ellos fue directo hacia Valeria.
Daniel se movió por instinto.
Lo empujó contra una estantería antes de entender lo que hacía.
Valeria lo miró, sorprendida apenas un segundo.
—No confundas esto con perdón —dijo ella.
Daniel respiró agitado.
—No lo soñaría.
La biblioteca se volvió caos.
Libros cayendo.
Cristales bajo los zapatos.
Gritos desde el pasillo.
La alarma de la mansión sonando tarde, inútil.
Beatriz intentó correr con la libreta, pero Valeria la sujetó del brazo.
—Eso se queda conmigo.
—¡Suéltame!
—Como soltó usted mi vida durante cinco años.
Un hombre de Lagos apuntó hacia ellas.
Daniel tomó una lámpara pesada y la lanzó contra su mano. El arma cayó. Valeria reaccionó, tomó la libreta y corrió hacia la puerta lateral.
—¡Por aquí! —gritó Daniel.
Valeria dudó.
Confiar en él era una locura.
Pero morir por orgullo era más estúpido.
Corrieron por el pasillo de servicio. Beatriz los siguió, desesperada, más preocupada por las pruebas que por su propia vida.
Llegaron al garaje.
Camila estaba allí.
Con una maleta.
Intentando huir.
Valeria se detuvo.
Camila la vio y palideció.
—Valeria…
—Qué sorpresa. Las ratas también usan tacones.
Daniel miró la maleta.
—¿A dónde ibas?
Camila levantó las manos.
—Daniel, yo puedo explicar.
Valeria se acercó y abrió la maleta.
Dinero.
Pasaportes.
Joyas.
Un teléfono satelital.
—No parece equipaje de una amante inocente.
Camila miró hacia la puerta.
—Lagos va a matarnos a todos.
Daniel se tensó.
—¿Tú trabajas para ellos?
Camila empezó a llorar.
—Al principio sí. Pero luego todo se salió de control.
Valeria la miró con desprecio.
—¿Se salió de control cuando te pagaron el apartamento o cuando te sentaste en mi mesa?
Camila no respondió.
Un coche negro entró al garaje rompiendo la barrera.
Los hombres de Lagos bajaron.
Daniel tomó a Valeria del brazo.
—Sube al coche.
Ella se soltó.
—No me agarres.
—Valeria, por una vez en tu vida, odia después.
Ella subió.
Daniel condujo. Camila intentó entrar también, pero Beatriz la empujó.
—¡Tú nos metiste en esto!
Camila cayó al suelo.
El coche salió del garaje con Valeria, Daniel y Beatriz dentro.
Valeria miró por la ventana trasera.
No sintió placer al dejar a Camila.
Solo cansancio.
—¿A dónde vamos? —preguntó Daniel.
Valeria sacó el teléfono.
—A Montenegro Tower.
—Lagos tendrá gente allí.
—Lo sé.
—¿Entonces?
—Allí están mis abogados, mi seguridad y la copia digital de todo lo que mi abuelo guardó.
Beatriz, en el asiento trasero, habló con voz venenosa:
—Tu abuelo era un viejo entrometido.
Valeria giró hacia ella.
—Y aun muerto sigue siendo más inteligente que todos ustedes.
Daniel miraba la carretera, pálido.
—Mamá… dime que no es verdad.
Beatriz no respondió.
—Dime que no le diste algo a Valeria.
Silencio.
Daniel golpeó el volante.
—¡Dímelo!
Beatriz gritó:
—¡Lo hice por ti!
El coche quedó lleno de esa confesión.
Valeria cerró los ojos.
Daniel parecía haber envejecido en segundos.
—Era mi hijo también —susurró él.
Beatriz respondió con frialdad:
—Era una cadena.
Daniel frenó de golpe.
El coche derrapó cerca de un puente.
—Bájate.
Beatriz lo miró, incrédula.
—¿Qué?
—Bájate.
—Daniel, soy tu madre.
—Y mataste a mi hijo.
Beatriz abrió la boca, pero no encontró defensa.
Valeria no dijo nada.
No iba a consolarlo.
No iba a compartir su dolor como si él hubiera estado con ella cuando ocurrió.
Daniel miró a Valeria.
—No lo sabía.
Ella respondió sin emoción:
—Pero tampoco quisiste saber.
Eso lo destruyó más.
No tuvieron tiempo de seguir.
Dos autos de Lagos aparecieron detrás.
Daniel volvió a acelerar.
La persecución cruzó la avenida principal. Lagos no intentaba solo asustarlos. Quería recuperar la libreta y eliminar testigos. Un coche chocó contra el lateral. Valeria se golpeó contra la puerta, pero mantuvo la libreta apretada contra el pecho.
Daniel giró hacia un túnel.
—Si salimos de esta —dijo—, declararé contra mi madre.
Valeria lo miró.
—No lo hagas por mí.
—No. Lo haré por el hijo que no defendí.
El túnel estaba oscuro.
Al salir, los esperaba un bloqueo.
Valeria vio las luces de varios vehículos.
—No son de Lagos.
Eran camionetas de seguridad Montenegro.
Esteban Márquez salió de la primera.
—¡Señora Valeria!
Daniel frenó.
Los hombres de Lagos intentaron retroceder, pero quedaron atrapados.
Por primera vez, Valeria sintió que el tablero cambiaba.
Ya no corría.
Ahora ellos corrían hacia ella.
En Montenegro Tower, los documentos fueron escaneados, duplicados y enviados a tres despachos legales. La libreta de Beatriz, el expediente Lagos y el video de Aurelio formaron una bomba.
Pero faltaba la pieza central.
Horacio Lagos.
Sin su confesión o sus registros principales, solo caerían intermediarios.
Valeria miró a Daniel.
—Necesito que me lleves con él.
Daniel se quedó quieto.
—Eso es entrar en la boca del lobo.
Valeria sostuvo su mirada.
—No. Es hacer que el lobo crea que todavía puede morder.
[Haz clic aquí para leer la siguiente parte]