LA HIJA DEL MAFIOSO QUE VOLVIÓ CUBIERTA DE SANGRE Todos creyeron que había muerto… hasta que apareció en la boda de su hermano con una navaja en la mano – PARTE 12

PARTE 12

La hija y el enemigo

Después del ataque, nadie volvió a cuestionar si Valentina podía sostener una guerra.

La habían visto sangrar, disparar, salvar el libro rojo del fuego y salir de la capilla con ceniza en el cabello y una mirada que hizo callar incluso a los hombres más viejos del consejo.

Pero sostener una guerra no era ganarla.

Rosetti tenía rutas, hombres, dinero y aliados dentro de la policía. Además, conocía demasiadas grietas de la familia Santoro gracias a Salvatore y Adriano.

Elías reunió mapas sobre la mesa del despacho.

—Rosetti atacará el puerto norte en cuarenta y ocho horas.

Valentina tenía el brazo vendado y el rostro pálido por la pérdida de sangre.

—No. Atacará antes.

—¿Por qué?

—Porque cree que estoy débil.

Elías la observó.

—Lo estás.

—Entonces tiene razón. Pero eso no significa que vaya a esperar.

Bruno Ferretti entró con noticias peores:

—Adriano escapó.

Valentina cerró los ojos.

—¿Cómo?

—Uno de los guardias era suyo. Mató al otro y salió por el túnel de servicio.

Elías apretó la mandíbula.

—Va con Rosetti.

Valentina abrió los ojos.

—No. Va a venderle lo último que sabe.

—¿Qué?

Ella miró el mapa.

—La entrada subterránea al puerto familiar.

Su madre le habló de ese túnel una vez, cuando era niña. Salvatore creyó que ella no recordaría. Se equivocó.

Valentina tomó su chaqueta.

Elías bloqueó la puerta.

—No vas.

Ella lo miró.

—Muévete.

—Te estás desangrando de pie.

—Y tú estás vivo porque me metí en una capilla en llamas.

—Eso no ayuda a mi argumento.

—Exacto.

Elías no se movió.

Por primera vez, Valentina vio miedo real en su rostro.

No miedo por él.

Por ella.

Eso la enfureció y la ablandó al mismo tiempo.

—No me encierres para salvarme —dijo.

Elías bajó la voz.

—No quiero enterrarte después de verte salir de una tumba.

Valentina sostuvo su mirada.

—Entonces ven conmigo.

El puerto familiar estaba casi vacío al anochecer.

Demasiado vacío.

Entraron por el túnel subterráneo con diez hombres leales, Bruno coordinando desde fuera y Elías al lado de Valentina.

El túnel olía a sal y aceite viejo.

A mitad de camino encontraron al primer guardia muerto.

Luego al segundo.

Ambos Santoro.

Adriano ya había pasado.

Llegaron al almacén central justo cuando Rosetti descargaba cajas de armas. Adriano estaba allí, hablando con Vittorio.

Valentina apareció desde la sombra.

—Siempre supe que terminarías vendiendo hasta las paredes de casa.

Adriano se giró.

—Y yo siempre supe que acabarías detrás de Morel como una perra herida.

Elías dio un paso.

Valentina lo detuvo.

—No. Este es mío.

Adriano sonrió y sacó un cuchillo.

—Entonces ven, hermana.

La pelea entre ambos fue más sucia que elegante.

Adriano atacó con rabia. Valentina respondió con precisión. Él le rozó el costado herido y ella casi cayó. Él aprovechó para golpearla en la cara. La sangre le llenó la boca.

—Estás débil —dijo él.

Valentina escupió sangre al suelo.

—Y tú sigues perdiendo contra una mujer débil.

Le clavó la navaja en el hombro.

Adriano gritó.

Mientras ellos luchaban, Elías y los hombres Santoro se enfrentaron a Rosetti. El almacén se llenó de disparos, cajas rotas y humo.

Vittorio intentó escapar por la salida del muelle.

Valentina vio el movimiento.

Golpeó a Adriano con la empuñadura y corrió tras Rosetti.

Elías gritó su nombre.

Ella no se detuvo.

Llegó al muelle justo cuando Vittorio subía a una lancha.

Él le apuntó.

—No puedes ganar todo, Valentina.

Ella levantó el arma.

—No quiero todo.

Disparó.

La bala alcanzó el motor de la lancha.

La explosión fue pequeña, pero suficiente para lanzar a Vittorio al agua y prender fuego al combustible derramado.

Elías llegó segundos después.

Rosetti flotaba herido, vivo, gritando entre llamas y agua.

Valentina bajó el arma.

—Sáquenlo.

Elías la miró.

—¿Vivo?

—Vivo habla.

Hizo una pausa.

—Muerto solo ensucia el puerto.

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