PARTE 2
El mafia boss que conocía el hotel
Lorenzo Vitale odiaba las galas judiciales.
Demasiada gente culpable con copas limpias.
Pero esa noche asistió al Hotel Esmeralda por una razón personal.
Diez años atrás, su hermano menor, Marco, murió después de investigar una red de jueces que vendían sentencias, borraban pruebas y usaban un hotel como punto de reunión.
La policía dijo que Marco murió en un accidente de moto.
Lorenzo nunca lo creyó.
Marco había dejado una nota incompleta:
“Esmeralda. Habitación…”
Nada más.
Durante años, Lorenzo buscó el resto.
No encontró la habitación.
El hotel no tenía registros extraños.
Los planos estaban limpios.
Demasiado limpios.
A medianoche, durante la gala, un camarero se acercó a Lorenzo con el rostro pálido.
—Señor Vitale… hay una mujer en el sótano.
Lorenzo no miró al camarero.
—¿Por qué me lo dices a mí?
—Porque intenté avisar a seguridad y me dijeron que era “asunto familiar”.
Esa frase le interesó.
—¿Quién es la mujer?
—Clara Molina.
El nombre no le decía nada.
Pero a varios jueces cercanos sí.
El juez Belmonte, ahora presidente de sala, dejó de beber.
Lorenzo lo notó.
El director del hotel apareció enseguida.
—Señor Vitale, no hay ningún problema.
—Entonces no le molestará que baje.
—El sótano está cerrado por mantenimiento.
Lorenzo sonrió.
—Siempre me han gustado las zonas en mantenimiento.
Bajó con dos hombres.
El director lo siguió sudando.
Al final del pasillo, escucharon golpes.
Débiles.
Luego una voz femenina:
—¡No estoy loca!
Lorenzo se detuvo.
La puerta no tenía número.
Solo una cerradura antigua.
El director susurró:
—Esa puerta no existe.
Lorenzo lo miró.
—Entonces no le molestará que la rompa.
La abrió a golpes.
Dentro, Clara estaba en el suelo, con las manos atadas, el rostro pálido y una llave oxidada colgada al cuello.
Cuando vio a Lorenzo, retrocedió.
—No me lleve de vuelta.
Él levantó las manos.
—No vine por ti.
Ella rió con desesperación.
—Todos dicen eso.
Lorenzo se quitó el abrigo y lo puso sobre sus hombros.
—Entonces lo diré distinto. Vine por una puerta. Pero parece que te encontré primero.
Clara lo miró.
—Habitación 0.
Lorenzo se quedó inmóvil.
Ella abrió la mano.
Tenía una memoria USB cubierta de polvo.
—Yo no mentí.
Su voz se quebró.
—Su hermano tampoco.
Por primera vez en años, Lorenzo Vitale perdió la calma durante un segundo.
Solo uno.
Pero Clara lo vio.
Y entendió que aquella noche, por fin, alguien sabía que la habitación existía.
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