PARTE 4
La primera grieta
El primer escándalo llegó en una cena benéfica.
Valeria llevaba un vestido azul oscuro que no eligió ella.
Leonardo lo mandó a su habitación con una nota:
“Si no le gusta, puede quemarlo. Pero creo que se verá hermosa.”
Valeria lo leyó tres veces.
Luego se odió un poco por sonreír.
En la cena, Isabela estaba también.
Por supuesto.
Siempre estaba donde podía mirar a Leonardo como si Valeria fuera un error temporal.
—Te queda bien el vestido —dijo Isabela.
—Gracias.
—Aunque supongo que es fácil verse elegante cuando alguien más paga.
Valeria sintió la frase.
Pero no cayó.
—Sí. Usted debe saberlo mejor que nadie.
Isabela apretó los labios.
—Cuidado. No todas las mujeres que se sientan junto a un hombre poderoso se vuelven importantes.
Valeria respondió:
—Y no todas las que nacen cerca del poder aprenden a tener valor propio.
Isabela se inclinó.
—Leonardo se cansará de ti.
—Quizá.
—Él no ama.
Valeria sonrió, pero algo le dolió.
—Entonces estamos de acuerdo. Esto no es amor.
Isabela miró detrás de ella.
—¿Segura?
Valeria se giró.
Leonardo estaba a pocos pasos.
Había escuchado.
Su rostro no mostraba nada.
Eso era lo peor.
Durante el resto de la noche, Valeria se sintió torpe.
No por Isabela.
Por ella misma.
Porque al decir “esto no es amor”, algo dentro se había defendido demasiado rápido.
Al final del evento, un fotógrafo pidió una foto de la pareja.
Leonardo rodeó la cintura de Valeria.
Ella se tensó.
—Relájese —murmuró él.
—No soy buena fingiendo.
—Yo tampoco.
—Usted finge todo el tiempo.
La mirada de Leonardo bajó a sus ojos.
—No ahora.
El flash los interrumpió.
La foto salió en revistas al día siguiente.
“El CEO de hielo y su misteriosa esposa.”
Valeria miró la imagen en el móvil.
Leonardo no parecía frío.
Parecía atento.
Y ella no parecía falsa.
Parecía feliz.
Eso la asustó.
Esa tarde, fue al hospital.
Su madre estaba mejor después de la operación.
—Leonardo vino ayer —dijo.
Valeria se congeló.
—¿Qué?
—Solo un momento. Trajo flores.
—¿Flores?
—Horribles.
Valeria rió.
—¿Horribles?
—Demasiado caras. Sin alma. Le dije que tú eliges mejor.
Valeria se cubrió la cara.
—Mamá…
—Pero me miró con mucha tristeza cuando le dije que cuidara de ti.
Valeria dejó de sonreír.
—¿Tristeza?
Su madre tomó su mano.
—Ese hombre no sabe pedir cariño. Pero lo necesita.
—Mamá, no lo conoces.
—Tú tampoco del todo.
Valeria quiso negar.
No pudo.
Al volver a la mansión, encontró a Leonardo en el jardín, hablando por teléfono.
—No, Isabela. No voy a verla esta noche.
Valeria se detuvo.
Él la vio.
Cortó la llamada.
—No era nada.
Valeria sonrió con una herida que no quería mostrar.
—No me debe explicaciones. Está en el contrato.
Leonardo frunció el ceño.
—Valeria…
—Buenas noches.
Esa noche, ella cerró su puerta con llave.
Y por primera vez, Leonardo se quedó del otro lado deseando tener derecho a tocar.
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