PARTE 2
Cuarenta días de limón y miel
El amor no llegó como un trueno.
Llegó con harina.
Con café quemado.
Con manos rozándose al cerrar cajas.
Con una risa que Tomás soltó una mañana cuando Valentina apareció con una mancha de masa en la mejilla y no se dio cuenta durante media hora.
—¿Qué miras? —preguntó ella.
—Nada.
—Estás sonriendo. Eso en ti parece sospechoso.
Él se acercó y le limpió la mejilla con el pulgar.
Valentina dejó de respirar.
—Masa —dijo él.
—Ah.
—Sí.
Ninguno se movió.
Carmen, desde el fondo, tosió de forma exagerada.
—El pan no se vende solo.
Valentina se apartó.
Tomás miró al horno como si fuera culpable.
Durante cuarenta días, Tomás aprendió a vivir pequeño.
Y le gustó.
Eso era lo que más miedo le daba.
A veces caminaba por la playa con Valentina después de cerrar. Ella le contaba historias del pueblo, de turistas que se enamoraban del mar y se olvidaban de pagar, de su madre que murió cuando ella era niña, de su tía Carmen que la crió con gritos y pan caliente.
Él no tenía historias.
Solo fragmentos.
Un ventanal alto.
Una mesa larga.
Una mujer con perfume caro.
Un hombre diciendo: “No puedes desaparecer ahora.”
Un anillo que no sentía propio.
Una palabra: Rivas.
Pero cuando intentaba atrapar esos recuerdos, la cabeza le dolía.
Valentina no lo presionaba.
Solo le decía:
—No eres un hombre perdido. Solo estás volviendo despacio.
Esa frase se convirtió en ancla.
Cuando despertaba asustado, ella se la repetía.
Cuando se frustraba por no recordar, ella preparaba tarta de limón y miel.
—¿Por qué siempre esta? —preguntó él una noche.
—Porque lo ácido despierta y la miel perdona.
Tomás la miró.
—Hablas como si una tarta pudiera entenderme.
—Las tartas entienden más que la gente rica.
Él se rió.
—¿Por qué asumes que soy rico?
Valentina señaló su reloj.
—Ese reloj vale más que mi horno.
Él miró su muñeca.
—Quizá lo robé.
—No tienes cara de ladrón.
—¿Qué cara tengo?
Valentina quiso responder con una broma.
No pudo.
Porque la verdad era demasiado sencilla:
tenía cara de hombre al que podría amar si el mundo no viniera un día a reclamarlo.
—Cara de alguien que no sabe dónde pertenece —dijo al fin.
Tomás bajó la mirada.
—¿Y si pertenezco a un lugar horrible?
—Entonces te escapaste muy bien.
Él la miró.
La playa estaba casi vacía.
El viento movía el cabello de Valentina.
Tenía arena en los zapatos, harina en las uñas y una belleza tan viva que Tomás sintió miedo de tocarla y descubrir que también podía olvidarla.
—Valentina.
—Dime.
—Si un día recuerdo quién soy…
Ella se tensó.
—No termines esa frase.
—Necesito terminarla.
—No.
—Si un día recuerdo quién soy, quiero que tú seas la primera persona a la que vuelva.
Valentina cerró los ojos.
—No prometas cosas desde un vacío.
—No se siente vacío cuando estoy contigo.
Ella abrió los ojos.
El mar hizo ruido.
Demasiado.
O quizá era su corazón.
—Tomás…
Él tomó su mano.
Despacio.
Dándole tiempo para apartarse.
Ella no se apartó.
—No recuerdo mi nombre —dijo él—. Pero sé cómo me siento cuando entras en una habitación.
Valentina sintió que las lágrimas subían.
—Eso no es justo.
—Lo sé.
—Quizá tienes una vida. Una familia. Una mujer esperándote.
Tomás apretó su mano.
—No recuerdo a ninguna mujer.
—Eso no significa que no exista.
—Entonces, si existe, lo enfrentaré cuando recuerde.
—¿Y yo?
La pregunta salió antes de que pudiera detenerla.
Tomás la miró.
—A ti no quiero enfrentarte. A ti quiero volver.
Esa noche la besó.
No fue un beso perfecto.
Fue lento.
Tembloroso.
Lleno de miedo.
Valentina debería haber retrocedido.
Debería haber pensado en el reloj caro, en las iniciales, en los coches que quizá vendrían algún día.
Pero no lo hizo.
Porque durante cuarenta días, ella también había vivido una mentira hermosa:
que el mundo podía olvidarse de reclamar a Tomás.
A la mañana siguiente, él preparó café.
Lo quemó.
Valentina lo probó y tosió.
—Esto es una agresión.
—Estoy mejorando.
—¿Antes era veneno?
—Probablemente.
Carmen los miró con los brazos cruzados.
—Los dos están haciendo tonterías.
Valentina se sonrojó.
—Tía.
—No me digas tía con esa cara. Ese hombre tiene pasado.
Tomás bajó la mirada.
Carmen suspiró.
—No digo que sea malo. Digo que el pasado siempre cobra.
Tenía razón.
El pasado llegó al día siguiente.
Tres coches negros se detuvieron frente a la panadería.
Hombres de traje bajaron primero.
Luego una mujer elegante, de cabello impecable y rostro frío.
Después una mujer joven con vestido blanco, joyas discretas y expresión de dueña.
Tomás salió al escuchar el ruido.
La mujer mayor se llevó una mano al pecho.
—Thiago.
El nombre cayó sobre la calle como una piedra.
Tomás se quedó inmóvil.
Valentina sintió que el aire cambiaba.
La mujer joven corrió hacia él y lo abrazó.
—Mi amor.
Tomás no la abrazó de vuelta.
Miró a Valentina.
Confundido.
Asustado.
Como si el mundo acabara de arrancarle el suelo.
La mujer mayor se acercó a Valentina.
—Soy Leonor Rivas. Gracias por cuidar de mi hijo.
Hijo.
Rivas.
T.R.
Thiago Rivas.
No Tomás.
Nunca Tomás.
La mujer joven miró a Valentina con una sonrisa suave y cruel.
—Yo soy Camila. Su prometida.
Valentina sintió que algo dentro de ella se rompía sin hacer ruido.
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