PARTE 7
La casa de los niños
Gabriel quiso llevarlos a la mansión Montiel.
Sofía se negó.
—Mis hijos no dormirán bajo el techo donde se planeó su muerte en papel.
—Entonces dónde?
—En mi casa.
Gabriel guardó silencio.
La casa de Sofía no era grande.
Tenía dos habitaciones, una cocina pequeña, muebles usados, plantas en la ventana y dibujos pegados en la nevera. No había mármol. No había cuadros caros. No había guardias en cada puerta.
Pero era hogar.
Tomás y Leo despertaron cuando Sofía entró.
Corrieron hacia ella.
—Mamá!
Ella los abrazó de rodillas.
Gabriel se quedó en la puerta.
No entró hasta que Sofía lo permitió.
Leo lo miró con curiosidad.
—¿Tú eres Gabriel?
El nombre lo golpeó.
No papá.
Gabriel.
—Sí.
Tomás se cruzó de brazos.
—Mamá lloró por ti una vez.
Sofía cerró los ojos.
—Tomás…
El niño siguió:
—Después dijo que ya no iba a llorar.
Gabriel tragó saliva.
—Tu mamá tenía razón.
Leo preguntó:
—¿Tú sabías que existíamos?
Gabriel se arrodilló a distancia.
—No.
Tomás no parecía convencido.
—Pero estabas en el hospital.
Gabriel sintió el golpe.
—Sí.
—Y te fuiste.
—Sí.
—Entonces casi sabías.
La frase era de niño.
Y era sentencia.
Gabriel bajó la cabeza.
—Sí. Casi supe. Y no fue suficiente.
Sofía miró a su hijo mayor.
Tomás se parecía a ella en la forma de desconfiar. Leo se parecía más a Gabriel en la forma de sentir demasiado rápido.
Leo se acercó un paso.
—¿Vas a volver mañana?
Gabriel miró a Sofía.
Ella no habló.
Él respondió:
—Si tu mamá me deja venir, sí.
Tomás dijo:
—Trae pan dulce.
Leo añadió:
—Y no mientas.
Gabriel casi sonrió.
—De acuerdo.
Esa noche, después de que los niños se durmieran, Sofía salió al pequeño balcón.
Gabriel estaba en la calle, junto al coche.
No se había ido.
Ella bajó.
—No necesitas vigilar la casa.
—Sí necesito.
—No por nosotros.
—Por mí.
Sofía entendió.
Culpa.
No protección.
—Dormir en la calle no te convierte en padre.
—Lo sé.
—Traer pan dulce tampoco.
—También lo sé.
—Entonces qué haces?
Gabriel miró la ventana donde dormían los gemelos.
—Estar donde debí estar desde el principio. Aunque sea tarde. Aunque sea afuera.
Sofía no respondió.
Porque una parte de ella quería odiarlo sin descanso.
Y otra parte recordaba que él también fue manipulado.
Pero esa parte no mandaba.
Todavía no.
—Mañana a las cinco —dijo ella.
Él la miró.
—Qué?
—Los niños salen al parque a las cinco. Puedes venir.
Gabriel cerró los ojos un segundo.
—Gracias.
—No me agradezcas. Llega puntual.
Ella volvió a subir.
Gabriel se quedó en la calle.
A las cinco de la tarde del día siguiente, llegó con pan dulce.
Y por primera vez en seis años, no llegó tarde.
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