CHAP 2
La amiga que llevaba su perfume
Elena Márquez fue la primera en intentar escapar.
Lo hizo con elegancia torpe: un paso atrás, luego otro, una mano sobre el bolso, los ojos buscando la puerta lateral de la iglesia.
Sofía no corrió detrás de ella.
No necesitaba hacerlo.
—Cierren las puertas —dijo una voz masculina desde el fondo.
Todos giraron.
Un hombre alto, de traje oscuro, entró acompañado de dos abogados y un guardia privado. Era Bruno Salcedo, el abogado que el padre de Sofía había contratado años atrás antes de morir.
Sofía no había sabido nada de él durante mucho tiempo.
Hasta que despertó viva y descubrió que Bruno llevaba meses investigando a Mateo.
Bruno caminó hasta el frente.
—Por orden cautelar del tribunal mercantil, nadie relacionado con la administración del Grupo Alarcón puede abandonar el lugar hasta que se levante acta de presencia.
Doña Renata se levantó indignada.
—¡Esto es una iglesia!
Bruno la miró.
—Y aun así lograron convertirla en escena de fraude.
Elena se quitó las gafas.
Tenía los ojos rojos, pero no de tristeza. De miedo.
—Sofía, tienes que escucharme.
Sofía la miró.
La mujer frente a ella había sido su amiga durante quince años.
Elena estuvo cuando murió el padre de Sofía.
Estuvo cuando Sofía se casó con Mateo.
Estuvo cuando Sofía perdió el primer embarazo.
Estuvo en su casa, en su mesa, en su habitación.
Y también, aparentemente, estuvo en su matrimonio de formas que Sofía no conocía.
—Te escuché demasiado tiempo —dijo Sofía—. Te escuché cuando me decías que Mateo estaba ocupado. Te escuché cuando me decías que debía confiar. Te escuché cuando me dijiste que el perfume en su camisa era mío.
Elena empezó a llorar.
—Yo no quería que pasara así.
Sofía rió sin alegría.
—¿Qué parte? ¿Acostarte con mi esposo o ayudar a firmar mi muerte?
Mateo explotó:
—¡Basta!
La palabra rebotó en la iglesia.
Sofía se giró lentamente.
—No, Mateo. Apenas empecé.
Bruno abrió otra carpeta.
—Señor Valdés, encontramos registros de llamadas entre usted, la señora Márquez y el notario que certificó la supuesta voluntad anticipada de Sofía. También tenemos transferencias desde cuentas vinculadas a su madre.
Doña Renata palideció.
—No sé de qué habla.
Sofía la miró.
—Usted siempre decía que yo no era suficiente para su hijo. Parece que decidió ayudarlo a enviudar.
Renata apretó el rosario.
—Yo protegía a mi familia.
—No. Usted protegía una fortuna que nunca fue suya.
Mateo se acercó a Sofía.
—Estás haciendo el ridículo. Estás herida, alterada. Todos pueden verlo.
Sofía no retrocedió.
—Claro que estoy herida. Ese era el plan.
Mateo bajó la voz.
—No sabes contra quién estás jugando.
Sofía sintió un escalofrío.
No por miedo.
Por confirmación.
—Entonces hay alguien más.
Mateo cerró la boca.
Elena lo miró con terror.
—Mateo…
Sofía captó la mirada.
—¿Quién?
Nadie respondió.
Bruno intervino:
—Sofía, quizá sea mejor continuar esto fuera.
Pero Sofía ya había visto demasiado.
—No. Quiero que lo diga.
Mateo sonrió apenas.
Esa sonrisa no era la de un esposo atrapado.
Era la de un hombre que todavía creía tener una carta bajo la manga.
—Tu padre no era el santo que crees.
La iglesia quedó en silencio.
Sofía sintió un golpe en el pecho.
—No metas a mi padre.
—Tu padre escondió dinero, nombres y contratos. Yo solo intenté recuperar lo que me correspondía como esposo.
—¿Lo que te correspondía? ¿Mi muerte?
Mateo abrió los brazos.
—No debiste sobrevivir.
La frase salió limpia.
Demasiado limpia.
Varios invitados dejaron escapar gritos.
Elena se cubrió la boca.
Bruno dio un paso hacia Mateo, pero Sofía levantó una mano.
Quería mirarlo.
Quería grabarse ese rostro.
El rostro de un hombre que acababa de dejar de fingir.
—Gracias —dijo ella.
Mateo frunció el ceño.
—¿Por qué?
Sofía sacó un pequeño dispositivo del bolsillo del vestido.
—Porque necesitaba escucharlo de tu boca.
Bruno miró a los abogados.
—Confesión registrada.
Mateo perdió el color.
En ese momento, una de las ventanas laterales de la iglesia estalló.
No fue un disparo contra nadie.
Fue una advertencia.
Cristales cayeron sobre los bancos vacíos. La gente gritó y se agachó.
Bruno tomó a Sofía del brazo.
—¡Al suelo!
Mateo corrió hacia la sacristía.
Elena gritó su nombre.
Sofía no entendía.
Hasta que vio a dos hombres vestidos de negro entrar por la puerta lateral.
No eran policías.
No eran seguridad.
Venían por Mateo.
Y quizá también por ella.
Bruno la empujó hacia el pasillo detrás del altar.
—Tenemos que salir ahora.
Sofía miró el ataúd vacío.
La ceremonia acababa de convertirse en cacería.
Y por primera vez desde que volvió de la muerte, Sofía entendió algo:
Mateo no había organizado todo solo.
Había intentado matarla para pagar una deuda con alguien mucho más peligroso.
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