CHAP 6
El viejo teatro
El viejo teatro Arlequín llevaba veinte años cerrado.
Sofía lo recordaba de niña. Su padre la llevó allí una vez a ver una obra. Ella se quedó dormida antes del final, y él la cargó hasta el coche mientras decía:
—Nunca confíes en un escenario, hija. Todo puede parecer real bajo la luz correcta.
Ahora, bajo la lluvia, el teatro parecía un animal muerto.
Luces rotas.
Carteles viejos.
Puertas oxidadas.
Silencio demasiado largo.
Mateo estaba dentro.
O eso decía Vidal.
Bruno quería esperar refuerzos.
Sofía no.
—Si esperamos, lo matan o lo mueven.
—Si entramos, nos matan a nosotros.
—Entonces entraremos mejor.
Clara coordinó desde la camioneta. Elena insistió en ir.
Sofía la miró.
—No tienes que actuar culpa hasta el final.
Elena respondió:
—No estoy actuando.
—Eso aún no lo sé.
Entraron por la parte trasera.
El escenario principal estaba iluminado por una sola lámpara.
Mateo estaba atado a una silla en el centro.
Tenía el rostro golpeado, la camisa rota y los ojos llenos de pánico.
Cuando vio a Sofía, lloró.
—Sofía…
Ella se detuvo en el pasillo central.
—No pronuncies mi nombre como si todavía tuvieras derecho.
—Por favor. Me van a matar.
—Qué irónico. Esa frase también me habría servido en la carretera.
Mateo lloró más.
—Vidal me obligó.
Sofía caminó lentamente hacia el escenario.
—¿Te obligó a casarte conmigo?
—No.
—¿A acostarte con mi amiga?
Mateo bajó la cabeza.
—No.
—¿A falsificar mi firma?
Silencio.
—¿A poner algo en mi té?
Mateo cerró los ojos.
Sofía sintió que el dolor se convertía en hielo.
—Dilo.
—Sí.
Elena se quebró.
—Mateo…
Él la miró con desprecio.
—No finjas ahora. Tú querías su lugar.
Elena retrocedió como si la hubiera golpeado.
Sofía no la defendió.
Algunas verdades debían doler completas.
Bruno subió al escenario y empezó a revisar las cuerdas de Mateo.
Entonces las luces del teatro se encendieron.
Varias figuras aparecieron en los palcos.
Hombres armados.
Y en el palco central, una mujer elegante de cabello plateado.
Doña Renata.
La madre de Mateo.
Sofía levantó la mirada.
—Claro. Faltaba la suegra.
Renata sonrió.
—Siempre fuiste insolente.
Mateo gritó:
—¡Mamá, sácame de aquí!
Renata lo miró con una frialdad que heló la sala.
—Tú ya no sirves.
Mateo dejó de respirar.
—¿Qué?
Renata caminó hacia el borde del palco.
—Sofía era la fortuna. Elena era la distracción. Tú eras el marido necesario. Pero fallaste.
Sofía sintió que otra pieza encajaba.
—Usted estaba por encima de Mateo.
Renata inclinó la cabeza.
—Los hijos suelen creer que dirigen cuando solo hacen ruido.
Bruno levantó el arma, pero varios hombres apuntaron desde los palcos.
Renata continuó:
—Horacio Vidal está detenido, sí. Pero hay documentos que aún pueden desaparecer. Y hay muertos que aún pueden volver a ser muertos.
Sofía sonrió apenas.
—Lo dice como amenaza.
—Lo es.
—Entonces escucha mi amenaza.
Sofía levantó el dispositivo de grabación.
—Todo lo que dijiste está saliendo en directo.
Renata no perdió la calma.
—No. Clara está en una camioneta que ya no controla.
Sofía sintió un golpe en el estómago.
Elena miró su teléfono.
Sin señal.
Renata sonrió.
—Creíste que solo tú aprendiste después del accidente.
En ese instante, Elena hizo algo que nadie esperaba.
Corrió hacia el panel eléctrico lateral y bajó varias palancas.
El teatro quedó a oscuras.
Gritos.
Caos.
Bruno empujó a Sofía detrás de un muro de madera. Mateo gritaba desde el escenario. Renata ordenaba desde arriba. Los hombres bajaban por las escaleras laterales.
Sofía no veía casi nada.
Solo sombras y destellos.
Un hombre intentó sujetarla. Ella le golpeó la mano con una pieza de metal del decorado. Bruno la cubrió. Elena, desde el panel, fue atrapada por uno de los hombres.
—¡Sofía! —gritó.
Sofía dudó.
Elena la traicionó.
Pero Elena acababa de salvarlos.
Sofía corrió hacia ella.
No por amistad.
Por decisión propia.
Golpeó al hombre con una silla rota y Elena cayó al suelo, libre.
—No significa que te perdone —dijo Sofía.
Elena, llorando, respondió:
—Lo sé.
Las sirenas sonaron afuera.
Clara había recuperado la señal.
Renata intentó huir por el palco trasero.
Mateo gritó:
—¡Mamá! ¡No me dejes!
Renata ni miró atrás.
Sofía observó la escena.
Qué familia tan parecida al final.
Todos abandonándose cuando el fuego llegaba.
Renata fue detenida en la salida de servicio.
Mateo quedó en el escenario, temblando.
Sofía subió lentamente.
Él la miró.
—Sofía, por favor. Yo puedo testificar. Puedo ayudarte.
Ella se inclinó hacia él.
—Lo harás.
Mateo lloró de alivio.
Entonces Sofía añadió:
—Pero no por mí. Por todos los años que robaste, por la muerte que compraste y por la tumba vacía donde pensabas dejar mi nombre.
Mateo cerró los ojos.
Por fin entendió.
Sofía no había venido a rescatarlo.
Había venido a recoger la última pala para enterrarlo legalmente.
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