CHAP 3
La mujer que conocía a los muertos
Dante no gritó.
Eso asustó más a Ariana.
Los hombres peligrosos podían perder el control, romper cosas, amenazar. Dante hizo algo peor.
Se quedó quieto.
Con el teléfono en la mano y la mirada clavada en el medallón de Ariana.
—Mi padre murió después de ver a tu madre —dijo.
Ariana levantó el mentón.
—Eso no significa que ella lo matara.
—No.
—Pero lo estás pensando.
Dante no respondió.
Ariana soltó una risa amarga.
—Increíble. Mi familia me vende, la tuya me quiere secuestrar, y ahora tú piensas que cargo una culpa heredada.
—Estoy pensando que todos nos mintieron.
—Entonces piensa mejor. Mi madre no está aquí para defenderse.
La frase lo golpeó.
Dante apartó la mirada.
—Hay alguien que puede saber qué pasó.
—¿Quién?
—Rosa.
—¿Rosa qué?
—Solo Rosa.
Ariana se rio sin humor.
—Claro. Muy confiable.
Dante tomó su abrigo.
—Es la mujer que escondió a mi padre una vez. Si sigue viva, sabe cosas que nadie más diría en voz alta.
—¿Y confías en ella?
—No.
—Perfecto. Ya me estaba preocupando que esta noche tuviera algo normal.
La encontraron en una iglesia abandonada en el barrio viejo.
El edificio estaba lleno de grafitis, velas apagadas y bancos rotos. La lluvia goteaba por el techo en algunas zonas. Ariana caminaba con el medallón escondido bajo la ropa y una rabia fría sosteniéndole la espalda.
Una mujer mayor apareció desde la sacristía.
Cabello blanco.
Ojos vivos.
Un bastón que parecía más arma que apoyo.
—Dante Moretti —dijo—. Tardaste demasiado.
—Rosa.
La mujer miró a Ariana.
Su rostro cambió.
—Elisa.
Ariana se detuvo.
—No. Soy su hija.
Rosa respiró hondo.
—Por eso dolió.
Ariana sintió que el pecho se le cerraba.
—¿Conoció a mi madre?
—La conocí antes de que aprendiera a esconder cuchillos detrás de sonrisas.
—Eso no responde si era buena.
Rosa sonrió con tristeza.
—Nadie que vive en nuestro mundo es solo buena.
Los llevó a una sala pequeña detrás del altar. Dante cerró la puerta.
—Massimo sabe del medallón —dijo él.
Rosa no pareció sorprendida.
—Entonces se acabó el tiempo.
Ariana golpeó la mesa con la mano.
—Basta. Todo el mundo habla como si yo hubiera nacido sabiendo un secreto. Quiero respuestas.
Rosa la miró.
—Tu madre protegía una lista.
—¿Qué lista?
—Nombres. Cuentas. Pactos. Traiciones. Empresarios, políticos, familias criminales. Una lista capaz de destruir media ciudad.
Dante habló con voz baja:
—Mi padre murió por esa lista.
Rosa lo miró.
—Tu padre murió porque quiso sacarla a la luz.
Dante se quedó inmóvil.
—Mi padre quería usarla.
—Eso te dijo Massimo.
—Eso me dijeron todos.
Rosa escupió al suelo con desprecio.
—Los hombres como Massimo enseñan a los niños la mentira que más les conviene.
Ariana se acercó.
—¿Y mi madre?
Rosa la miró.
—Elisa Serrano era la guardiana de la clave. Tu padre, Esteban Vega, quiso vender la lista al mejor postor. Tu madre se negó. Pidió ayuda a Lorenzo Moretti, el padre de Dante.
Dante respiró con dificultad.
—Mi padre ayudó a Elisa.
—Sí. Quería destruir la lista o entregarla a alguien que no pudiera ser comprado. Massimo lo llamó debilidad.
Ariana cerró los ojos.
—Mi padre entregó a la madre de Dante.
Rosa negó.
—Entregó a ambos. A Lorenzo y a Elisa. Abrió la puerta de la emboscada.
La habitación se volvió silencio.
Dante apoyó una mano en la pared.
Doce años odiando una versión falsa.
Ariana sintió que la rabia contra su padre se volvía algo más profundo.
—¿Mi madre murió por eso?
Rosa bajó la mirada.
—No con las manos de Esteban. Pero sí por su cobardía.
Ariana no lloró.
Algo dentro de ella ya estaba demasiado caliente para convertirse en lágrimas.
—¿Dónde está la lista?
Rosa señaló el medallón.
—La clave abre una caja en el casino viejo de San Telmo. Pero no basta con la clave. También se necesita una frase.
Ariana entendió antes de preguntar.
—Mi madre…
—Te la dejó cuando eras niña.
Ariana cerró los ojos.
Volvió una imagen: su madre peinándole el cabello antes de dormir, cantando bajo, repitiendo una frase como si fuera canción.
La luna guarda lo que el sol no debe ver.
Ariana lo susurró.
Rosa asintió.
—Elisa sí logró dejarte la verdad.
Un golpe sonó fuera.
Luego otro.
Dante sacó su arma.
Rosa apagó las luces.
—Massimo encontró la iglesia.
Las puertas principales se abrieron de golpe.
Hombres entraron entre sombras.
Dante tomó a Ariana de la mano.
—Detrás de mí.
Ella retiró la mano.
—Estoy cansada de estar detrás de hombres que deciden por mí.
Dante la miró.
Luego dio medio paso a un lado.
—Entonces a mi lado. Pero no hagas estupideces.
Ariana tomó un candelabro de hierro.
—No prometo nada.
La pelea estalló entre bancos viejos y vidrios rotos. Dante se movía con precisión, pero Ariana no se quedó quieta. Golpeó la mano de un atacante, empujó una banca para bloquear el pasillo y tiró de Rosa hacia una puerta lateral.
Corrieron por una escalera hacia la cripta.
Rosa abrió una salida secreta.
—El casino —dijo—. Antes de medianoche. Si Massimo llega primero, todos mueren.
Ariana miró a Dante bajo la lluvia del callejón.
—Tu tío mató a tu padre. Mi padre entregó a mi madre. Y ahora los dos quieren lo que ella escondió.
Dante guardó el arma.
—Entonces vamos a quitarles lo único que todavía creen controlar.
—¿La lista?
Él sostuvo su mirada.
—El miedo.
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