PARTE 2
La tumba que respiraba
Tres días antes, Valentina despertó bajo tierra.
No abrió los ojos de inmediato.
No pudo.
La oscuridad era tan espesa que parecía metida dentro de su garganta. Olía a madera, tierra mojada y sangre. Cada respiración le dolía como si tuviera fuego bajo las costillas.
Intentó moverse.
El hombro derecho no respondió.
La cadera le ardía.
El costado estaba empapado.
Entonces recordó.
El almacén del puerto.
Marcelo sujetándole la cara.
Adriano hablando por teléfono.
Los hombres de Rosetti rodeándola.
El golpe en la nuca.
El disparo.
Y la voz de su hermano diciendo:
—Papá no quiere verla sufrir. Hazlo rápido.
Pero alguien no lo hizo bien.
O quizás alguien dudó.
Valentina estaba viva dentro de una caja de madera.
Durante unos segundos, el pánico intentó devorarla. Su pecho golpeó contra la tapa. Quiso gritar, pero se mordió la lengua. Si gritaba, gastaría aire. Si gastaba aire, moriría de verdad.
Su madre le había enseñado una cosa cuando era niña:
—Si el miedo entra primero, hija, déjalo pasar. Después entra tú con el cuchillo.
Luciana Santoro no crió a una princesa. Crió a una hija dentro de una familia donde los hombres hablaban de honor mientras enterraban mujeres que sabían demasiado.
Valentina movió la mano hacia su muslo.
Allí estaba.
La pequeña navaja que llevaba escondida desde los quince años.
Con dedos temblorosos, cortó la tela de su vestido y empezó a raspar la madera sobre su rostro. La sangre le resbalaba por la cintura. Las uñas se le rompían. La tierra entraba por las rendijas y le llenaba la boca.
Pero también entraba aire.
Raspó más.
Golpeó.
Empujó.
La tapa cedió.
Un montón de tierra cayó sobre ella. Valentina tosió barro, sangre y saliva. Empujó con todo lo que le quedaba hasta salir de la caja como un animal nacido de una herida.
No estaba en un cementerio.
La habían enterrado detrás de un taller mecánico abandonado, donde nadie preguntaba por tierra removida ni por muertos sin nombre.
A pocos metros, un guardia fumaba junto a una camioneta.
Valentina se arrastró hasta una llave inglesa tirada en el suelo.
El guardia escuchó el ruido.
—¿Quién anda ahí?
Cuando la vio levantarse cubierta de barro, el cigarro se le cayó de la boca.
—No puede ser…
Valentina lo golpeó en la cara con la llave inglesa.
El hueso de la nariz crujió.
El hombre cayó gritando.
Ella volvió a golpearlo, esta vez en la mandíbula. Después en la mano que intentaba alcanzar su arma. El hombre dejó de moverse.
Valentina quedó de rodillas, respirando con dificultad.
No sintió culpa.
Sintió frío.
Le quitó las llaves, el teléfono y una pistola pequeña. En el asiento de la camioneta encontró una carpeta negra.
La abrió.
Su nombre estaba en la primera página.
VALENTINA SANTORO — ELIMINACIÓN ANTES DE LA BODA.
Debajo aparecía la firma de Marcelo.
Su prometido.
Aprobación verbal: Salvatore Santoro.
Coordinación interna: Adriano Santoro.
Contacto externo: Rosetti.
Valentina no lloró.
Algo dentro de ella murió de una vez y dejó espacio para otra cosa.
Una rabia clara.
Limpia.
Suficiente para caminar.
Esa noche no fue al hospital.
No fue a la policía.
No volvió a la mansión.
Fue al Club Inferno, territorio de Elías Morel.
Cuando entró, los hombres de Morel levantaron las armas.
Ella levantó la carpeta.
—Vengo a hablar con su jefe.
Desde la escalera superior, Elías apareció vestido de negro, con los nudillos marcados y una copa en la mano.
La miró de arriba abajo.
—Los Santoro entierran peor de lo que negocian.
Valentina sonrió con sangre en los dientes.
—Y tú hablas demasiado para alguien que aún no sabe si vine a matarlo.
Elías bajó un escalón.
—Si hubieras venido a matarme, no estarías sangrando tanto.
—Me queda suficiente.
Él sonrió apenas.
—Entonces entra. Quiero ver qué clase de muerta trae una carpeta bajo el brazo.
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