PARTE 10
La novia contra el asesino
Tomás Aranda y Natalia Moreno pelearon en la cabina del Santa Lucía mientras el puerto ardía afuera.
No fue elegante.
No fue una pelea de película.
Fue sangre, golpes, madera rota y respiraciones llenas de odio.
Tomás era más fuerte. Natalia estaba herida. La bala le había abierto el costado y cada movimiento le robaba aire. Pero ella tenía algo que él no podía comprar:
una razón para no caer.
Tomás la golpeó en la cara.
Natalia chocó contra una mesa y casi perdió el arma.
—Pudiste tenerlo todo conmigo —dijo él.
Ella escupió sangre.
—No confundas jaula con reino.
Tomás atacó con cuchillo.
Natalia bloqueó con una silla. La hoja atravesó la madera. Ella empujó la silla contra él y le dio un rodillazo en el estómago. Tomás retrocedió, pero volvió rápido. La agarró por el cabello y la golpeó contra la pared.
El mundo giró.
Natalia escuchó la voz de Diego en su memoria:
“Si te tiran al suelo, no pienses en levantarte bonita. Levántate peligrosa.”
Tomás la levantó por el cuello.
—Tu hermano gritó menos.
Eso fue su error.
Natalia le hundió la navaja en el costado.
Tomás gritó.
Ella se soltó y volvió a atacarlo, esta vez con toda la rabia que había guardado desde la tumba de Diego. Le golpeó la nariz, la boca, la herida del hombro. Tomás retrocedió, sangrando.
—Esto es por Diego —dijo ella.
Le clavó la navaja en la mano que firmó la orden.
Tomás cayó de rodillas.
—Y esto por Mateo.
Le golpeó la cara con la culata de la pistola.
El barco se sacudió.
Afuera, Rosetti intentaba escapar con sus hombres restantes. Nicolás gritaba órdenes. Mateo estaba protegido en cubierta, llorando pero vivo.
Tomás, en el suelo, empezó a reír.
—Aunque me mates, Rosetti tiene copias.
Natalia respiraba con dificultad.
—No voy a matarte.
Tomás levantó la mirada, sorprendido.
—Débil.
Ella sonrió con los labios partidos.
—No. Pública.
Le puso la navaja en la garganta.
—Vas a salir vivo de este barco, lleno de sangre, delante del consejo, delante de Rosetti, delante de todos. Y vas a decir que mataste a Diego.
—Nunca.
Natalia presionó apenas.
Una línea roja apareció bajo la hoja.
—Tomás, aprendí algo anoche.
—Qué?
—Todos hablan cuando entienden que morir sería más fácil.
Él la miró.
El miedo volvió.
Nicolás entró a la cabina.
—Rosetti está huyendo.
Natalia no apartó los ojos de Tomás.
—Déjalo.
—Qué?
—Rosetti quiere los libros. Démosle uno.
Nicolás entendió.
Tomaron una memoria falsa, preparada por Diego como cebo, y la dejaron en una bolsa visible junto a la salida del barco. Uno de los hombres de Rosetti la recogió y corrió hacia el muelle.
Diez minutos después, la memoria empezó a transmitir.
No datos.
No cuentas.
Sino la confesión de todos los nombres involucrados en la red Rosetti, enviada a tres familias rivales, dos periodistas comprados por nadie y un fiscal que debía favores a Diego.
Rosetti no había escapado.
Había llevado su propia ruina en la mano.
Natalia salió del barco apoyada en Nicolás, con Tomás arrastrado detrás por dos hombres.
Mateo corrió hacia ella.
—Tía!
Ella se arrodilló aunque el dolor casi la partió.
—Estoy aquí.
—Estás sangrando mucho.
Natalia lo abrazó.
—Sí. Pero esta vez es porque ganamos algo.
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