PARTE 5
La mansión cerrada
La mansión Bellini se cerró antes de que Elena llegara.
Marco conocía la casa mejor que nadie. Bloqueó las entradas principales, cortó las cámaras externas y colocó hombres armados en los balcones. Desde fuera, la mansión parecía una fortaleza elegante bajo la lluvia.
Desde dentro, debía oler a miedo.
Elena llegó con Bruno Leoni y seis hombres leales a Aurelio. El viejo capo fue llevado a la clínica de Teresa bajo protección. Quería ir con ellos, pero Elena se lo prohibió.
—Si usted muere antes de hablar ante el consejo, Marco gana.
Aurelio gruñó:
—Siempre dando órdenes.
—Alguien tiene que hacerlo bien.
Ahora Elena observaba la mansión desde un coche negro aparcado entre árboles.
El anillo familiar estaba en su bolsillo.
La carpeta en el asiento.
La herida del brazo ardía.
Bruno le ofreció una venda nueva.
—Está sangrando.
—Todos están sangrando hoy.
—Usted más.
Elena le quitó la venda y se la ató con los dientes.
—Hay un túnel de servicio bajo el jardín oeste.
Bruno frunció el ceño.
—Nadie conoce ese túnel.
—Yo sí.
—Cómo?
Elena lo miró.
—Porque cuando eres la esposa que nadie respeta, puedes caminar por donde nadie mira.
Entraron por el túnel de servicio.
El pasaje era estrecho, húmedo y olía a hierro viejo. Salía cerca de la cocina. Al abrir la puerta, encontraron a dos guardias de Marco fumando, relajados, convencidos de que nadie entraría por allí.
Elena disparó al primero en la pierna.
Bruno golpeó al segundo contra la pared.
Silencio.
Subieron por la escalera de empleados.
La mansión estaba llena de ruido contenido: pasos arriba, voces rápidas, muebles moviéndose. Marco preparaba una defensa o una huida.
En el pasillo del ala este, Elena encontró a Lucía Moretti.
La amante estaba intentando abrir una caja fuerte pequeña en la habitación de Marco. Tenía una maleta abierta sobre la cama y joyas desparramadas.
Elena levantó el arma.
—Qué rápido terminó el luto.
Lucía se congeló.
—Elena…
—No. Hoy no vas a usar mi nombre como escudo.
Lucía levantó las manos.
—Marco me obligó.
Elena miró la maleta.
—Con muchas joyas, veo.
—Tú no entiendes. Marco prometió casarse conmigo después de tu muerte, pero todo esto fue idea de Dario. Yo solo…
Elena disparó a la pared junto a su cabeza.
Lucía gritó.
—La próxima frase que empiece con “yo solo” termina en tu rodilla.
Lucía lloró.
—Marco va al cuarto de seguridad. Quiere borrar las grabaciones internas y activar el protocolo de incendio.
Elena sintió frío.
—Qué incendio?
—La mansión. Si no puede quedarse con la sucesión, quemará los archivos y dirá que los Salerno atacaron de nuevo.
Bruno maldijo.
Elena se acercó a Lucía.
—Dónde están los documentos de Aurelio?
Lucía señaló la caja fuerte.
—Ahí. Pero no tengo la clave.
Elena miró la caja.
Luego miró a Lucía.
—Marco te prometió ser esposa, pero no te dio la clave.
Lucía bajó la mirada.
Elena casi sintió lástima.
Casi.
—Bruno, llévala.
Lucía gritó:
—No puedes entregarme al consejo!
Elena respondió:
—No. Pero puedo entregarte a Aurelio cuando despierte.
Lucía dejó de gritar.
Elena salió hacia el cuarto de seguridad.
En el pasillo, tres hombres de Marco la interceptaron.
Uno la golpeó contra la pared antes de que pudiera disparar. El impacto le abrió de nuevo la ceja. Ella sintió sangre caliente sobre el ojo. El segundo intentó quitarle el arma. Elena le mordió la mano con tanta fuerza que el hombre gritó.
Bruno apareció por detrás y derribó al tercero.
Elena recuperó el arma y disparó al techo.
—El siguiente que me toque pierde más que una mano.
Nadie se movió.
Llegó al cuarto de seguridad justo cuando Marco introducía la clave final.
Él giró.
—Siempre llegas tarde, Elena.
Ella le apuntó.
—No. Llegué viva. Eso es lo que te molesta.
Marco sonrió.
Y apretó el botón rojo.
Las alarmas de incendio rugieron por toda la mansión.
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