PARTE 13
La corona que no quería
Aurelio despertó en una habitación blanca, rodeado de cables, vendas y una furia que parecía más fuerte que su pulso.
Elena entró con la ropa todavía manchada de sangre.
Él la miró.
—Tienes peor aspecto que yo.
—Usted está conectado a tres máquinas.
—Y aun así me veo más digno.
—La anestesia le da confianza.
Aurelio sonrió apenas.
Luego miró su mano.
—El anillo.
Elena lo sacó del bolsillo y lo puso sobre la mesa.
—Aquí está.
—Por qué no te lo pusiste?
Ella lo miró como si hubiera dicho una estupidez.
—Porque no soy Bellini de sangre.
—Eres Bellini por guerra.
—Eso suena a enfermedad.
—Lo es.
Hubo silencio.
Aurelio respiró con dificultad.
—Marco y Dario?
—Caídos.
—Lucía?
—Hablará.
—Renato?
—Con menos dedos útiles.
Aurelio cerró los ojos.
—Bien.
—Gael escapó.
Los ojos del viejo se abrieron.
—Entonces aún no terminó.
—No.
Aurelio miró el anillo.
—Si muero…
—No empiece.
—Escucha.
Elena apretó la mandíbula.
—Estoy cansada de escuchar hombres moribundos decirme qué hacer.
—Y yo estoy cansado de vivir lo suficiente para ver a mis hijos intentar matarme. Empatamos.
Ella calló.
Aurelio tomó aire.
—Si muero, no dejes que el consejo entregue el anillo a un primo, un capitán o un idiota con apellido. Lo tomarán y harán lo mismo que Marco.
—Qué quiere que haga?
—Sostenerlo.
Elena negó.
—No.
—Sí.
—No quiero su corona.
Aurelio soltó una risa débil.
—Por eso eres la única que puede cargarla sin volverse loca rápido.
—Rápido?
—Todos nos volvemos locos eventualmente.
Elena se sentó, agotada.
—Yo solo quería que Marco pagara.
—Y pagará.
—Quería saber por qué intentaron matarme.
—Porque eras obstáculo.
—Ahora quieren que sea solución.
Aurelio la miró con una tristeza rara.
—Así funciona el poder. Primero intenta enterrarte. Luego, si no puede, intenta usarte.
Elena sostuvo su mirada.
—Y usted?
—Yo intento corregir demasiado tarde.
Eso fue lo más cercano a una disculpa que Elena escuchó de Aurelio Bellini.
No lo perdonó.
Pero lo guardó.
Afuera de la habitación, Nicolás Salerno esperaba apoyado contra la pared.
—Está vivo?
—Desafortunadamente para todos, sí.
—Me alegra.
—Mentiroso.
—Me alegra porque si muere ahora, todo se complica.
Elena lo miró.
—Eso sí te creo.
Nicolás señaló el pasillo.
—Gael se mueve. Mis hombres lo rastrearon hasta el puerto seco.
—Por qué me lo dices?
—Porque tú tienes el anillo, las pruebas y ganas de matarlo.
—No tengo ganas.
Él levantó una ceja.
Elena corrigió:
—Tengo intención.
—Mejor.
Bruno llegó corriendo.
—Gael envió un mensaje.
Elena tomó el teléfono.
Había una foto.
El niño que ella salvó de la mansión en llamas.
Atado a una silla.
Debajo, una frase:
“Devuelve el anillo o terminaré lo que el fuego no pudo.”
Elena sintió que todo el cansancio se convertía en hielo.
Nicolás vio su rostro.
—Quién es?
—Un niño que no debía estar en esta guerra.
Guardó el teléfono.
—Ahora sí.
Bruno tragó saliva.
—Qué?
Elena tomó el anillo negro y se lo puso por primera vez.
—Ahora Gael muere.
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