PARTE 14
El puerto seco
El puerto seco era un laberinto de contenedores, grúas quietas y trenes abandonados.
Gael eligió bien.
Demasiados escondites.
Demasiadas alturas.
Demasiadas rutas para escapar.
Elena llegó con Bruno, Nicolás Salerno y doce hombres mezclados: Bellini y Salerno peleando juntos por primera vez sin dispararse entre ellos.
El anillo negro en su mano pesaba más que la pistola.
Gael envió coordenadas a una nave central.
Dentro estaba el niño.
Tomás, hijo de la cocinera Bellini, ocho años, rostro sucio, ojos hinchados de llorar, manos atadas a una silla.
Elena lo vio desde una abertura superior.
Su pecho se cerró.
—Está vivo —susurró.
Nicolás observó los alrededores.
—Trampa.
—Claro.
—Plan?
Elena revisó su arma.
—Romperla.
Bruno suspiró.
—Cada vez sus planes son peores.
—Pero más claros.
El primer grupo entró por el norte.
Gael los esperaba.
Disparos desde los contenedores superiores. Dos hombres Bellini cayeron. Nicolás respondió con precisión, derribando a un francotirador. Bruno avanzó hacia la derecha, cubriendo a Elena.
Ella corrió hacia la nave central.
Un hombre Moretti la interceptó con una barra de hierro. Elena esquivó el primer golpe, recibió el segundo en el hombro y sintió que el brazo se le dormía. Respondió disparándole en el pie y golpeándolo con la culata hasta que cayó.
La sangre le salpicó la mano del anillo.
No se detuvo.
Dentro de la nave, Tomás lloraba.
—Señora…
—Estoy aquí.
Antes de que pudiera cortar las cuerdas, Gael apareció desde una pasarela superior.
—Qué imagen tan noble. La viuda viva salvando niños pobres.
Elena apuntó.
—Baja.
—Sube.
Nicolás entró detrás de ella.
Gael puso una pistola hacia el niño.
—Uno más y disparo.
Elena levantó la mano para detener a Nicolás.
—Quieres el anillo?
Gael sonrió.
—Quiero que todos vean cómo te lo quito.
—Entonces baja y ensúciate las manos.
Gael bajó.
Elegante incluso entre óxido y sangre.
—Debiste aceptar mi trato.
—Debiste apuntar mejor.
Él se acercó.
—Dame el anillo.
Elena se lo quitó lentamente.
Lo sostuvo entre los dedos.
Gael extendió la mano.
Elena lo dejó caer al suelo.
Entre ambos.
Gael miró el anillo.
Ese segundo bastó.
Elena sacó una navaja de la manga y se lanzó hacia él.
Gael reaccionó rápido. Le atrapó la muñeca, la giró, casi la rompió. Ella gritó, pero le dio un cabezazo en la nariz. Nicolás disparó hacia la pasarela para cubrirlos. Los hombres Moretti respondieron. La nave se llenó de balas.
Gael y Elena pelearon cuerpo a cuerpo sobre el suelo de concreto.
Él era más fuerte. Ella estaba más herida.
Pero él quería el anillo.
Ella quería al niño vivo.
Eso hacía toda la diferencia.
Gael la golpeó en la boca. Elena cayó. Él recogió el anillo y sonrió.
—Finalmente.
Tomás gritó:
—Detrás!
Bruno apareció por un lateral y disparó a la mano de Gael.
El anillo cayó.
Elena se levantó con la navaja y se la clavó a Gael en el muslo.
Él cayó de rodillas.
Nicolás corrió hacia el niño y cortó las cuerdas.
Gael, sangrando, intentó tomar su arma.
Elena le pisó la mano.
—No.
Él sonrió con sangre en los dientes.
—No puedes matarme. Me necesitas vivo para probar todo.
Elena lo miró.
—No dije que iba a matarte.
Le disparó en la otra pierna.
Gael gritó.
—Dije que ibas a morir deseándolo.
Lo entregaron vivo al consejo.
Roto. Sangrando. Humillado.
El niño Tomás abrazó a Elena tan fuerte que ella casi cayó por el dolor.
—Pensé que no vendría.
Elena cerró los ojos.
—Yo también.
Nicolás recogió el anillo del suelo y se lo ofreció.
Elena lo miró.
—No me arrodillaré para eso.
Nicolás sostuvo su mirada.
Luego se arrodilló él.
No como súplica.
Como respeto.
Y puso el anillo en su palma.
—Entonces que suba hasta ti.
Bruno miró al cielo.
—Esto va a traer problemas.
Elena cerró los dedos sobre el anillo.
—Todo lo bueno los trae.
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