PARTE 8
La caída del Club Aurora
La caída de Aurora no ocurrió en una noche.
Ocurrió en setenta y dos horas.
Primero publicaron los nombres de compradores activos.
Luego los mediadores.
Luego las cuentas.
Después los pactos recientes.
No revelaron los nombres de las víctimas sin protegerlas antes. Isabel había dejado rutas. Amalia tenía contactos. Rafael tenía hombres. Celia tenía los libros.
Y tenía rabia suficiente para no dormir.
Octavio Ferrer intentó huir en avión privado. Su piloto ya trabajaba para Rafael.
Dos jueces renunciaron antes de ser arrestados.
Tres familias declararon guerra y luego pidieron negociar cuando sus cuentas aparecieron en manos de periodistas.
Rebeca intentó suicidarse con veneno.
Celia mandó médicos.
—No le den una salida elegante —dijo.
Esteban pidió verla.
Ella aceptó.
Lo encontró pálido, envejecido, con el hombro vendado.
—Voy a declarar —dijo él.
—Qué valiente, ahora que no tienes nada.
—Mereces odiarme.
—No necesito permiso.
Él lloró.
—Tu madre me pidió que huyéramos una vez. Yo no pude.
Celia sostuvo su mirada.
—No. No quisiste.
No volvió a darle más palabras.
El consejo del puerto reconoció a Celia como administradora temporal del puerto norte. Algunos hombres protestaron por su edad.
Celia respondió:
—Yo soy joven. Ustedes son viejos. Mire cómo terminó eso.
Nadie volvió a hablar.
Esa noche, Celia volvió al Club Aurora quemado.
Subió al escenario donde intentaron venderla.
Las lámparas estaban rotas. El suelo tenía marcas de bala. El telón olía a humo.
Encontró una paleta dorada caída.
Número 17.
La misma que levantó el hombre que ofreció tres millones por ella.
La partió en dos.
Rafael la miraba desde las butacas destruidas.
—¿Qué harás con este lugar?
Celia miró el escenario.
—Convertirlo en archivo.
—¿De qué?
—De todas las mujeres que ellos intentaron borrar.
Rafael asintió.
—Tu madre aprobaría.
Celia cerró los ojos.
—No lo hago para que apruebe.
Abrió los ojos.
—Lo hago porque ella empezó.
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