PARTE 4
La fiesta de cumpleaños
Valeria organizó una fiesta de cumpleaños para Luna.
Isabella supo desde el primer minuto que era una trampa.
Luna no quería fiesta.
No le gustaban los desconocidos. No le gustaban los globos grandes. No le gustaba que adultos con sonrisas falsas le tocaran el cabello diciendo que estaba “preciosa como su madre”.
Pero Valeria insistió.
—La niña necesita mostrarse. Es una Valenti.
Isabella respondió:
—La niña necesita sentirse segura. No exhibida.
Valeria sonrió.
—Qué curioso. Hablas como si fueras su madre.
Adrián estaba presente.
Sus ojos se movieron hacia Isabella.
Ella no cambió de expresión.
—Hablo como alguien que escucha a una niña cuando dice no.
Valeria sostuvo la sonrisa.
—La fiesta se hará.
Y se hizo.
La mansión se llenó de invitados, músicos, flores, cámaras privadas y hombres armados vestidos como camareros. Luna pasó la tarde agarrada a la mano de Isabella.
—No quiero estar aquí —susurró.
Isabella se agachó.
—Entonces respiramos primero.
—¿Y después?
—Buscamos una salida.
Luna la miró.
—¿Siempre haces eso?
Isabella sonrió con tristeza.
—Más de lo que quisiera.
A mitad de la fiesta, las luces del jardín se apagaron.
Solo un segundo.
Pero Isabella ya estaba moviéndose.
Tomó a Luna y la empujó detrás de una mesa.
El primer disparo rompió la fuente de cristal.
Los invitados gritaron.
Hombres con máscaras negras entraron por el jardín lateral.
No venían por Adrián.
Venían por Luna.
Isabella lo entendió antes que todos.
Uno de los atacantes corrió hacia la niña.
Isabella lanzó una bandeja de plata contra su rostro. El hombre cayó de lado. Ella tomó el cuchillo de una mesa y se colocó delante de Luna.
—No mires —dijo.
—Ya vi —susurró la niña.
Adrián apareció desde el otro lado del jardín, disparando con una precisión brutal. Derribó a dos hombres antes de llegar a ellas. Tenía sangre en la ceja y la mirada de un animal acorralado.
—Luna!
La niña corrió hacia él, pero Isabella la sujetó.
—No por ahí.
Adrián iba a discutir.
Una bala golpeó el suelo justo donde Luna habría pisado.
Isabella lo miró.
—Ahora sí puede escucharme.
Él asintió.
Corrieron hacia la casa de huéspedes. Valeria apareció en el pasillo, pálida, pero demasiado tranquila.
—Por aquí —dijo.
Isabella vio su mano derecha.
No temblaba.
Y había una pequeña mancha de tinta azul en su muñeca.
La misma tinta que marcaba los planos de seguridad de la mansión.
Valeria había guiado a los atacantes.
Isabella se abalanzó sobre ella.
Ambas cayeron contra la pared.
Valeria intentó gritar, pero Isabella le puso el cuchillo bajo la mandíbula.
—Una palabra y te abro antes de que termines de mentir.
Adrián quedó paralizado.
—Isabella.
Valeria respiraba rápido.
—Está loca.
Isabella levantó la manga de Valeria y mostró la marca azul.
—Pregúntele por qué los hombres entraron exactamente por la puerta que ella ordenó abrir esta mañana.
Adrián miró a Valeria.
Por primera vez, la duda se convirtió en horror.
Entonces Valeria sonrió.
—Llegas tarde, Adrián.
De la casa de huéspedes salió otro hombre.
Y llevaba una pistola apuntando a la cabeza de Luna.
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