PARTE 5
El cuarto de servicio
La boda se suspendió sin anuncio.
Los invitados empezaron a murmurar cuando vieron a varios guardias cerrar accesos. El altar seguía intacto frente al mar. Las flores blancas seguían moviéndose con el viento.
Pero dentro del camerino, la mentira ya estaba sangrando.
Javier llevó a Nico a un cuarto de servicio, lejos de cámaras y gritos. Ana fue con ellos. Camila intentó seguir, pero él se lo prohibió.
—No te acerques.
Camila pareció rota.
Pero Ana ya no confiaba en lágrimas.
En el cuarto, Nico se sentó sobre una caja de manteles. Tenía la alianza de Ana en una mano y el botón en la manga.
—No entiendo —dijo.
Javier se arrodilló frente a él.
—Yo tampoco entendí durante mucho tiempo.
Ana lo miró.
—No conviertas tu culpa en explicación para un niño.
Javier aceptó el golpe.
—Tienes razón.
Nico miró a Ana.
—¿De verdad eres mi mamá?
Ana respiró hondo.
—Sí.
—¿Por qué no viniste antes?
Esa pregunta la mató.
Pero no podía mentirle.
—Porque me dijeron que habías muerto. Y cuando descubrí que quizá estabas vivo, tuve que buscar pruebas para que nadie pudiera quitarte otra vez.
Nico bajó la mirada.
—Tía Camila dijo que mi mamá no pudo quedarse conmigo.
Ana cerró los ojos.
—No pude porque me sacaron de tu lado.
Javier apretó los puños.
Cada frase era una piedra contra su pecho.
Nico miró a Javier.
—¿Tú sabías?
Javier no respondió rápido.
Ana tampoco lo ayudó.
—No —dijo al fin—. Pero debí mirar mejor.
Nico pensó.
—Eso dice mi maestra cuando alguien pierde algo en su mochila.
Ana casi sonrió.
Casi.
Entonces se escuchó un golpe afuera.
Uno de los guardias cayó contra la puerta.
Camila gritó desde el pasillo:
—Regina, no!
La puerta se abrió de golpe.
Doña Regina entró con dos hombres.
—Basta de teatro.
Javier se puso de pie.
—No des un paso más.
Regina miró al niño.
—Nico viene conmigo.
Ana se colocó delante.
—Su nombre es Mateo.
El niño levantó la mirada.
La palabra le sonó extraña.
Pero no desagradable.
Regina sonrió con desprecio.
—Puedes llamarlo como quieras. Legalmente, no eres nadie para él.
Ana sacó el teléfono.
—Eso cambiará cuando los documentos lleguen al juez.
Regina rio.
—¿Crees que un juez tocará a los Castro por una costurera que todos creen inestable?
Javier habló:
—Yo tocaré a los Castro si tengo que hacerlo.
Regina lo miró como si no lo reconociera.
—Hijo…
—No me llames así ahora.
Uno de los hombres de Regina intentó acercarse a Nico.
Javier lo golpeó primero.
El cuarto se volvió caos.
Ana tomó a Nico y lo empujó detrás de las cajas. Otro hombre la sujetó por el brazo. Ella le clavó una aguja larga de costura en la mano. El hombre gritó y la soltó.
Javier derribó al primero contra la pared.
Camila apareció en la puerta, pálida.
—¡Paren!
Regina gritó:
—¡Llévense al niño!
Nico, temblando, tomó la caja de costura de Ana y la lanzó contra el hombre que se acercaba. Los carretes, agujas y tijeras cayeron por el suelo.
Ana lo abrazó por instinto.
Él no se apartó.
Y ese pequeño segundo le devolvió seis años de aire.
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