PARTE 6
La prueba en el dobladillo
Camila fue quien reveló la siguiente pieza.
No por valentía.
Por miedo.
Después del forcejeo, Regina fue encerrada en la oficina del organizador de bodas, vigilada por hombres de Javier. Camila se quedó sentada en el suelo del camerino, con el vestido blanco arrugado y el maquillaje corrido.
Ana no quería mirarla.
Pero tenía que hacerlo.
—¿Dónde está el certificado real de nacimiento?
Camila no respondió.
Javier estaba a su lado.
—Camila.
Ella levantó la mirada.
—Tú no entiendes. Regina dijo que Ana iba a destruirte. Que el niño estaría mejor conmigo. Que yo podía darle una vida estable.
Ana sintió náuseas.
—Le diste una vida construida sobre mi tumba.
Camila lloró.
—Yo lo amé.
—Eso es lo peor.
Camila se cubrió el rostro.
—No quería que muriera.
La frase congeló la habitación.
Javier la miró.
—¿Quién quería que muriera?
Camila tembló.
—Regina. Al principio. Dijo que un bebé con Ana viva era riesgo. Luego decidió que era mejor conservarlo. Controlarlo. Usarlo como vínculo si algún día hacía falta.
Ana cerró los ojos.
El mundo era más cruel de lo que incluso ella imaginó.
—¿Y tú? —preguntó.
Camila susurró:
—Yo dije que podía criarlo.
Ana dio un paso hacia ella.
Javier la detuvo suavemente.
Ana lo miró.
Él soltó el brazo de inmediato.
—Perdón.
Ana volvió a Camila.
—El certificado.
Camila miró su vestido.
—Está en el dobladillo.
—¿Qué?
—El original. Lo escondí el día que lo sacaron de la clínica. Pensé… pensé que si Regina algún día intentaba quitarme a Nico, yo tendría algo para probar que ella mintió.
Ana soltó una risa sin alegría.
—Robaste a mi hijo y guardaste la prueba para que no te lo robaran a ti.
Camila no pudo responder.
Ana tomó unas tijeras y cortó el dobladillo del vestido de novia.
De allí cayó un sobre plástico.
Dentro estaba el certificado.
Mateo Castro Morales.
Madre: Ana Morales.
Padre: Javier Castro.
Nacido vivo.
Javier se sentó como si las piernas ya no le pertenecieran.
Ana sostuvo el papel.
Tantos años.
Tanto dolor.
Y la verdad había estado cosida en el vestido de la mujer que iba a reemplazarla.
Nico se acercó despacio.
—¿Mateo soy yo?
Ana se agachó.
—Ese fue el nombre que te puse cuando naciste.
—¿Tengo que cambiarlo?
—No ahora. No si no quieres.
—¿Puedo tener dos nombres?
Ana respiró.
—Puedes tener todo el tiempo que necesites.
Javier miró al niño.
—Yo también necesito aprenderlo.
Nico lo observó.
—Tú eres Javier.
El golpe fue silencioso.
No papá.
Javier.
—Sí —dijo él—. Por ahora, sí.
Ana respetó eso.
Porque el niño no debía cargar la prisa de los adultos.
Afuera, Regina empezó a gritar.
—¡Ese papel no cambia nada!
Ana se levantó con el certificado en la mano.
—Tiene razón.
Abrió la puerta.
Miró a Regina.
—No cambia lo que hizo. Solo prueba que por fin va a pagarlo.
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