PARTE 11
La mano del padre
Don Esteban Luna no negó.
Eso fue lo más terrible.
Se levantó despacio, apoyándose en su bastón.
—Sí. Yo llevaba el guante.
Mateo avanzó.
—Usted disparó?
Esteban lo miró con desprecio.
—No seas dramático. Si hubiera querido matarla, habría apuntado mejor.
Valeria sintió que la sangre se le helaba.
—Usted me disparó.
—Te detuve.
La palabra cayó como veneno.
Valeria se levantó lentamente.
—Me atravesó el pecho frente al altar.
—Y sobreviviste. Siempre fuiste terca.
Inés empezó a llorar más fuerte.
Valeria caminó hacia su padre.
—Por qué?
Don Esteban la miró como si la respuesta fuera obvia.
—Porque eras la pieza que no quería moverse.
—Era su hija.
—Eras mi heredera. Eso es más caro.
La frase destruyó algo que Valeria ni siquiera sabía que seguía vivo.
—Octavio iba a quedarse con todo —continuó Esteban—. Si te casabas con Mateo, yo quedaba fuera. Si huías, perdía prestigio. Si morías, el fideicomiso se abría y yo ganaba tiempo.
—Me declaró muerta antes de dispararme.
—La burocracia es lenta. Había que adelantar.
Mateo se lanzó hacia él, pero Adrián lo detuvo.
Valeria levantó una mano.
—No.
Ella quería escuchar todo.
Aunque cada palabra fuera tierra sobre su antigua vida.
—¿Y lo que me susurró Inés?
Esteban sonrió.
—Improvisó. Siempre fue mala bajo presión.
Inés se cubrió el rostro.
Valeria miró a su hermana.
No la perdonó.
Pero por primera vez entendió que Inés también había vivido bajo el arma de su padre.
Don Esteban sacó una pequeña pistola de su bastón.
—Basta de juegos.
Valeria ya lo esperaba.
Disparó primero.
No al pecho.
A la mano.
El arma cayó.
Esteban gritó.
Valeria se acercó y le pisó los dedos heridos.
—Usted me enseñó a apostar, padre.
Se inclinó.
—Pero nunca me enseñó a perder.
Él la miró con odio.
—Eres igual que yo.
Valeria sonrió con tristeza.
—No.
Levantó la carta final.
Reina de corazones.
—Yo dejé vivos a mis testigos.
Las puertas se abrieron.
Entraron fiscales, periodistas y agentes armados.
Todo lo ocurrido en la mesa había sido transmitido.
Don Esteban entendió demasiado tarde que la partida nunca fue privada.
Valeria no quería una confesión.
Quería público.
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