PARTE 12
El hombre que llegó tarde
Cuando se llevaron a Don Esteban, Mateo no siguió a nadie.
Se quedó en el casino, de pie frente a la mesa rota, mirando la sangre en las cartas.
Valeria recogía la bala de la caja de cristal.
Él habló con voz baja:
—Debí saberlo.
—Sí.
No fue cruel.
Fue verdad.
—Debí buscar más.
—Sí.
—Debí no firmar.
—Sí.
Cada sí era una puerta cerrándose.
Mateo la miró.
—Me odiabas?
Valeria pensó.
—Al principio, sí.
—Y ahora?
—Ahora estoy demasiado cansada para llamarlo de una sola forma.
Él aceptó eso como si fuera más de lo que merecía.
—Adrián me dijo que tú le prohibiste contarme.
—Sí.
—Por qué?
Valeria miró la cicatriz bajo su clavícula.
—Porque cuando desperté, mi nombre ya estaba destruido. Mi padre había firmado. El juez había firmado. Tú también. Yo no sabía si corrías hacia mí o hacia la versión de mí que ellos inventaron.
Mateo cerró los ojos.
—Habría corrido hacia ti.
Valeria lo miró.
—Eso dices ahora.
Él no respondió.
No podía probar un pasado que falló.
Adrián apareció con una gasa en la mano.
—Necesitas que te revisen el brazo.
Valeria miró el corte.
—He tenido peores.
Mateo dijo:
—Eso no debería ser argumento.
Valeria casi sonrió.
Casi.
Inés se acercó a distancia.
—Valeria…
Adrián se tensó.
Valeria no.
—No pidas perdón hoy.
Inés se quedó quieta.
—No iba a hacerlo.
Valeria la miró, sorprendida.
Inés respiró.
—Iba a decir que declararé. Contra papá. Contra Octavio. Contra mí.
—Bien.
—Y después me iré.
Valeria no preguntó dónde.
—También bien.
Inés lloró en silencio.
—Nunca quise ser tú.
Valeria respondió:
—No. Quisiste lo que creías que yo tenía.
Inés asintió.
—Sí.
Fue la cosa más honesta que dijo en años.
Cuando todos se fueron, Valeria quedó sola en la mesa.
La Dama Roja había ganado.
Pero la victoria no se parecía a felicidad.
Se parecía a silencio después de una explosión.
Mateo se detuvo en la salida.
—¿Puedo volver mañana?
Valeria no lo miró.
—No hay partida mañana.
—No vine por cartas.
Ella guardó la bala en una caja.
—Entonces no vengas.
Mateo bajó la mirada.
—Entiendo.
Salió.
Por primera vez, obedeció una puerta cerrada.
Y eso, de forma extraña, fue su primer acto decente.
👉 [Haz clic aquí para leer la siguiente parte] 👈