PARTE 2
La noche en que la vendieron
Siete años antes, Serena tenía diecisiete años y una mochila preparada bajo la cama.
No para huir sola.
Para irse con Marco.
Él había conseguido trabajo en un taller de otra ciudad. Serena tenía ahorrado dinero de turnos dobles en una cafetería. No era mucho, pero era suficiente para alquilar una habitación pequeña y empezar lejos de Álvaro.
Álvaro no era su padre.
Era el hombre que su madre eligió cuando ya estaba cansada de pelear sola.
Al principio parecía amable.
Después empezó a beber.
Luego a gritar.
Después a apostar.
Y al final, a mirar a Serena como se mira una cosa que puede venderse.
Su madre murió cuando Serena tenía quince años.
Un “accidente doméstico”, dijo Álvaro.
Una caída por las escaleras.
Serena nunca lo creyó.
Pero no tenía pruebas.
Bruno, el hijo de Álvaro, se convirtió en sombra de su padre: risa fácil, manos rápidas, deudas pequeñas que crecían como moho.
La noche que la vendieron, Serena iba a encontrarse con Marco en la estación.
Pero Bruno la esperaba en la cocina.
—¿Te vas, hermanita?
—No soy tu hermana.
Él sonrió.
—Eso hace todo más fácil.
Serena intentó pasar.
Álvaro apareció detrás.
—No vas a ninguna parte.
Ella vio el sobre en su mano.
Dinero.
Mucho dinero.
—¿Qué hiciste?
Álvaro bebió de una botella.
—Pagué lo que debía.
—Con qué?
Bruno cerró la puerta con llave.
Serena dio un paso atrás.
Entonces entendió.
—No.
Álvaro no la miró.
—Eres joven. Fuerte. El Matadero paga bien por chicas que aguantan.
Serena golpeó a Bruno primero.
Le abrió el labio.
Corrió hacia la ventana, pero dos hombres entraron por la puerta trasera. Uno le agarró el cabello. Ella le mordió la mano. El otro le golpeó el estómago.
Cayó al suelo sin aire.
Álvaro firmó el contrato sobre la mesa de la cocina.
Serena vio su nombre escrito como mercancía.
Serena Montes.
Edad: 17.
Estado: entregada por deuda familiar.
—Por favor —susurró ella, no a Álvaro, sino al recuerdo de su madre.
Nadie respondió.
La arrastraron por las escaleras.
Su sangre quedó en el tercer escalón.
A la mañana siguiente, Bruno limpió la casa.
Álvaro dijo a todos que Serena había huido con un hombre.
Y Marco encontró una nota falsa en su taller:
“No me busques. Me fui porque no quiero esta vida.”
La letra parecía de Serena.
No lo era.
En El Matadero, la primera noche, Serena fue arrojada a una celda con otras chicas.
Algunas lloraban.
Otras no tenían lágrimas.
Una mujer de unos treinta años, con una cicatriz en el cuello, le dio agua.
—Nombre?
—Serena.
La mujer la observó.
—Aquí los nombres se mueren rápido.
—El mío no.
La mujer sonrió apenas.
—Entonces aprende a golpear antes de que aprendan a romperte.
Se llamaba Vera.
Fue la primera persona que no intentó venderla.
Y la primera que le enseñó que sobrevivir no era respirar.
Era recordar quién merecía pagar.