PARTE 3
La primera sangre
La primera pelea de Serena duró treinta y ocho segundos.
No porque ganara.
Porque la rompieron rápido.
La obligaron a entrar en una jaula contra una mujer mayor, entrenada, con brazos duros y mirada vacía.
Serena no sabía protegerse.
Le partieron la ceja.
Le abrieron el labio.
Le golpearon las costillas hasta que no pudo respirar.
El público gritaba.
Apostaba.
Reía.
Elías, el dueño del club, la miraba desde arriba.
—Bonita, pero inútil —dijo.
Serena escuchó eso incluso entre golpes.
Y decidió odiarlo con precisión.
Después de la pelea, la tiraron de vuelta a la celda.
Vera le cosió la ceja con una aguja vieja.
—Si sigues peleando con rabia, duras tres noches.
Serena escupió sangre.
—Entonces dime cómo durar cuatro.
Vera sonrió.
Y empezó el entrenamiento.
No había gimnasio real.
Solo suelo, paredes, dolor y repetición.
Vera le enseñó a cubrirse.
A respirar cuando la golpeaban.
A usar codos.
A romper equilibrio.
A no cerrar los ojos cuando venía el puño.
A esperar el segundo exacto en que un hombre grande se cree invencible.
Serena perdió muchas veces.
Pero cada derrota le dejó una herramienta.
A los seis meses, ganó su primera pelea.
A la rival le rompió la nariz.
El público gritó.
Serena no levantó los brazos.
Miró a Elías.
—Siguiente.
Al año, ya era rentable.
A los dos, peligrosa.
A los tres, leyenda.
En la Noche de los Siete, Elías la obligó a pelear contra siete rivales seguidos para castigarla por intentar escapar.
Vera intentó detenerlo.
Elías le disparó en la pierna delante de todos.
—Las viejas no dan órdenes en mi club.
Serena vio caer a Vera.
Algo dentro de ella se apagó.
O se encendió.
Entró a la jaula.
Primer rival: cayó con la rodilla rota.
Segundo: salió con la mandíbula fuera de lugar.
Tercero: se rindió.
Cuarto: perdió el conocimiento.
Quinto: intentó ahorcarla con la cuerda de protección.
Serena le mordió la mano hasta hacerlo gritar.
Sexto: era un hombre que pesaba el doble que ella.
Serena lo dejó sangrando sobre las rejas.
Séptimo: no entró.
Nadie quiso.
Esa noche nació La Reina Roja.
Pero Vera murió dos días después por infección.
Antes de morir, le dio a Serena una llave pequeña.
—Elías guarda contratos, deudas y nombres en una caja negra.
Serena tomó la llave.
—Voy a quemarlo todo.
Vera negó.
—No. Compra primero.
—¿Qué?
—Si quemas el infierno, los demonios abren otro.
Vera respiró con dificultad.
—Compra la jaula. Luego ciérrala desde dentro.
Serena guardó la llave.
Y por primera vez, no pensó en escapar.
Pensó en volver como dueña.