PARTE 5
El comprador invisible
Serena pensó durante años que Elías fue quien la compró.
Era lógico.
Él era dueño de El Matadero.
Él administraba peleas.
Él encerraba chicas.
Él cobraba apuestas.
Pero la caja negra de Vera reveló algo peor.
Elías no compraba.
Solo administraba mercancía.
Había un comprador mayor.
Un socio oculto.
Alguien que financiaba el club, elegía chicas, movía jueces, sobornaba policías y vendía peleadoras rotas a otros circuitos.
Durante meses, Serena siguió transferencias desde dentro del club.
Luego desde fuera.
Una vez ganó suficiente dinero, fingió obediencia. Peleó en circuitos internacionales clandestinos. Apostó contra sí misma. Ganó cuando debía perder. Perdió cuando necesitaba comprar confianza.
Y con cada pelea compró una pieza del negocio.
Un porcentaje del bar.
Luego de las apuestas.
Luego de la seguridad.
Luego las deudas de Elías.
Finalmente, la propiedad completa.
Pero nunca encontró al comprador invisible.
Hasta la noche de su regreso.
Cuando mostró el contrato de venta, una persona en la sala no miró a Álvaro.
No miró a Bruno.
No miró a Marco.
Miró la salida de emergencia.
Era Isabel Rivas.
La mujer elegante sentada en el palco superior.
Dueña de una fundación para “rescatar jóvenes en riesgo”.
Serena sonrió.
—Tercera invitada especial.
Las luces enfocaron a Isabel.
El público murmuró.
Isabel levantó la barbilla.
—No sé qué pretende esta mujer.
Serena sacó otra carpeta.
—Pretendo leer contabilidad.
La pantalla mostró transferencias.
Fundación Rivas.
Donaciones privadas.
Pagos a El Matadero.
Compra de “talento femenino de alto rendimiento”.
Marco susurró:
—Dios…
Serena miró a Isabel.
—Usted financiaba el club.
Isabel sonrió sin miedo.
—Yo financiaba rehabilitación. Si criminales usaron mi dinero, soy víctima.
Serena golpeó la mesa.
—No.
La pantalla cambió.
Apareció Vera.
Grabación antigua.
Sentada en la celda, con el rostro golpeado.
“Si esta cámara llega a alguien, Isabel Rivas no rescata chicas. Las elige. Las que tienen familia pobre, deuda cerca y poca protección. Elías las rompe. Isabel vende a las que sobreviven.”
Isabel perdió la sonrisa.
Serena sintió que Vera volvía a respirar por un segundo.
—Esto es por ella —dijo.
Isabel intentó salir.
Las mujeres del personal cerraron el paso.
No eran empleadas.
Eran sobrevivientes.
Chicas que Serena sacó del circuito una por una durante años.
Serena levantó una ficha roja.
—Usted compraba cuerpos.
La lanzó al suelo.
—Yo compré su imperio.
Las pantallas mostraron documentos de propiedad, cuentas congeladas y órdenes judiciales preparadas.
Isabel se puso de pie.
—No puedes hacer esto.
Serena subió de nuevo a la jaula.
—Sí puedo.
Miró hacia la entrada.
—Pero antes de entregarla a la policía, falta una pelea.
La puerta de la jaula se abrió.
Entró Elías “El Carnicero”.
Sonriendo.
—Reina Roja —dijo—. La casa nunca cambia de dueño sin sangre.
Serena levantó los guantes.
—Perfecto.