PARTE 7
La sangre de la familia
Álvaro intentó arrodillarse.
Serena lo detuvo con una mirada.
—No ensucies el suelo actuando arrepentimiento.
Él levantó las manos.
—Yo estaba desesperado.
—Yo tenía diecisiete.
—Debía dinero. Iban a matarnos.
—Me eligieron a mí para que no los mataran a ustedes.
Bruno habló con la boca hinchada:
—No sabíamos lo que te harían.
Serena lo miró.
—Mentira.
La pantalla mostró otro video.
Bruno, años antes, visitando El Matadero.
No una vez.
Varias.
En una imagen aparecía apostando contra Serena.
En otra, celebrando cuando ella cayó en su tercera pelea.
En otra, cobrando dinero.
Serena caminó hacia él.
—Venías a verme sangrar.
Bruno lloró.
—Yo era un idiota.
—No. Eras rentable.
Le lanzó una ficha al rostro.
—Eso ganaste la noche que me rompieron dos costillas.
Álvaro intentó tocarla.
—Hija…
Serena lo golpeó.
Un puñetazo limpio.
Álvaro cayó de espaldas.
La sala quedó muda.
Serena se agachó junto a él.
—Mi madre cayó por las escaleras, dijiste.
Álvaro no respiró.
—Serena…
—La caja negra también tenía eso.
El rostro de Bruno cambió.
—Papá?
Serena sacó un informe.
—Mi madre no cayó. Tenía golpes anteriores. Costillas viejas rotas. Y una denuncia que desapareció porque usted pagó.
Álvaro intentó levantarse.
Serena le puso el pie sobre el pecho.
—Dí la verdad.
—No.
Ella presionó.
—Díla.
Álvaro gritó de dolor.
—Fue un accidente!
Serena bajó más el pie.
—Otra vez.
Él empezó a llorar.
—La empujé.
Bruno retrocedió.
—Qué?
Álvaro cerró los ojos.
—Estaba cansado de que se metiera en mis deudas. Me amenazó con ir a la policía. La empujé. No pensé que moriría.
Serena no se movió.
Durante años pensó que cuando escuchara esa confesión iba a matarlo.
Pero no sintió fuego.
Sintió hielo.
—La vendiste a ella con golpes —dijo—. A mí con firma.
La policía irrumpió al fin.
No la policía comprada.
Otra.
La que llegó con fiscales, cámaras y órdenes preparadas por Serena durante meses.
Álvaro fue esposado.
Bruno también.
Isabel.
Elías.
Los contadores.
Los guardias.
Los apostadores importantes.
El Matadero dejó de ser club.
Se convirtió en escena judicial.
Marco seguía de pie, con los ojos húmedos.
—Serena…
Ella giró.
—No.
—Solo quería decir—
—No.
Él bajó la mirada.
—Está bien.
Serena respiró.
—Tú no me vendiste.
Marco cerró los ojos.
—Pero dejé de buscar.
Ella asintió.
—Sí.
—No voy a pedir que entiendas.
—Bien.
—Voy a declarar. Sobre Álvaro, sobre la nota, sobre todo lo que vi después.
Serena lo miró.
—Hazlo. Pero no lo llames amor.
Marco aceptó el golpe.
—No. Lo llamaré deuda.
Ella no respondió.
Pero tampoco le dijo que se fuera.