PARTE 3
La mujer que salió del río
Camila despertó en una cabaña de pescadores.
Tenía fiebre.
La frente abierta.
Tres costillas golpeadas.
Y una mano cerrada alrededor de la pequeña cámara escondida bajo su chaqueta.
El hombre que la encontró se llamaba Simón.
Era viejo, callado y no confiaba en la policía.
Eso le salvó la vida.
—Te buscan —dijo—. Pero no como buscan a una desaparecida.
Camila intentó levantarse.
—Mi madre…
—Si vas ahora, te matan de verdad.
La frase era dura.
Necesaria.
Durante tres días, Camila estuvo entre fiebre y pesadillas.
Veía la puerta metálica.
Los obreros golpeando.
La voz de Medina.
El rostro de Diego pidiéndole la cámara.
Cuando por fin pudo sentarse, revisó el video.
Todo estaba allí.
Los obreros vivos.
El alcalde.
Víctor Aranda.
El túnel sellado.
Diego en la salida.
Pero faltaba algo.
El audio final estaba dañado.
Justo cuando Diego hablaba.
Camila quiso gritar.
Sin ese tramo, podía probar corrupción, pero no la participación completa de Diego.
Y ella necesitaba saber si él fue cómplice o cobarde.
A veces la diferencia importa.
A veces duele más.
Simón le entregó un periódico.
“CONFIRMAN MUERTE DE CAMILA TORRES, PERIODISTA DESAPARECIDA EN LA MINA SANTA AURORA.”
Debajo había una foto de Diego saliendo de fiscalía.
“Caso cerrado por accidente en zona de riesgo.”
Camila leyó la frase tres veces.
Caso cerrado.
Su caso.
La mina.
Los obreros.
Todo.
Cerrado.
La rabia la hizo ponerse de pie aunque el cuerpo no aguantaba.
—Tengo que volver.
Simón le dijo:
—Volver herida es morir.
Camila miró la cámara.
—Entonces vuelvo muerta.
El plan nació esa noche.
Simón conocía a trabajadores de la funeraria. Hombres que odiaban a Víctor Aranda porque sus hermanos habían muerto en la mina. Prepararon el ataúd vacío. Filtraron la noticia de que el cuerpo de Camila sería velado en San Gabriel. Dejaron que todos los culpables acudieran a fingir dolor.
Camila envió una invitación anónima a cada periodista local:
“Cubran el funeral. Habrá una última noticia.”
No durmió la noche anterior.
No por miedo.
Por memoria.
Su madre lloraría antes de verla entrar.
Eso era lo único que la rompía.
Pero si iba primero con ella, la pondría en peligro.
Así que eligió el escenario.
La iglesia.
El ataúd.
Los culpables sentados frente a su propia mentira.
Y cuando el sacerdote empezó a rezar, Camila entró bajo la lluvia.
No para demostrar que seguía viva.
Sino para demostrar que los muertos eran otros.
Los veinte hombres de la mina.
Y la conciencia de quienes los habían encerrado.
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