PARTE 5
La hija del senador
Lucía Méndez llegó al hospital antes del amanecer.
No como fugitiva.
Como autoridad.
Traje blanco.
Cabello perfecto.
Seguridad privada.
Sonrisa limpia de mujer acostumbrada a que las cámaras la favorezcan.
Ahora era senadora.
Ocupó el asiento de su padre seis meses después de su muerte.
Elena la esperó en el vestíbulo.
—Doctora Vargas —dijo Lucía—. Qué sorpresa verla de nuevo en un hospital real.
Elena sostuvo su mirada.
—Qué sorpresa verla tan tranquila cerca de corazones ajenos.
Lucía sonrió apenas.
—No sé de qué habla.
—Hablaré despacio entonces.
Elena levantó el informe.
—Su padre fue asesinado mediante una interferencia cardíaca inducida desde la sala de control. Robles abrió acceso. Clara estuvo presente. Bruno encubrió. Y usted dio la orden.
La sonrisa de Lucía no desapareció.
Eso fue lo peor.
—Mi padre era un monstruo —dijo.
Elena no esperaba esa respuesta.
Lucía se acercó.
—¿Cree que todo esto empezó por ambición? Mi padre vendía contratos médicos, experimentaba con prótesis no aprobadas y usaba hospitales públicos como mercado. Iba a destruir a todos los que sabían demasiado. Incluida yo.
Elena sintió una incomodidad fría.
—Eso no le daba derecho a usarme como cadáver profesional.
—No. Pero usted era útil.
La frase fue tan limpia que dolió.
Elena la abofeteó.
Los guardias de Lucía avanzaron.
Elena no retrocedió.
—Eso fue por útil.
Lucía se tocó el labio.
Por primera vez, perdió la sonrisa.
—No sabe contra quién está.
Elena miró hacia la entrada.
—Sí sé.
Periodistas empezaron a entrar.
Marisol los había llamado.
Cámaras.
Micrófonos.
Transmisión en vivo.
Elena levantó una memoria con la copia del chip.
—Contra una mujer que mató a su padre y dejó que otra cargara con el bisturí.
Lucía palideció.
No por culpa.
Por cálculo.
—Eso no bastará.
—No.
Elena miró hacia el pasillo.
Clara Molina salió con el brazo vendado.
Bruno apareció en una silla de ruedas, pálido, conectado a oxígeno.
Y detrás, escoltado por dos enfermeros y un guardia, estaba Robles.
No había huido lejos.
Marisol lo encerró en la sala de esterilización.
Elena casi sonrió.
Robles gritó:
—Yo no maté a nadie!
Clara respondió:
—Pero abriste la puerta.
Bruno añadió:
—Y yo mentí para cerrarla.
Los periodistas grababan todo.
Lucía comprendió tarde que el hospital entero, cansado de años de miedo, había decidido mirar.
Uno de sus guardias intentó tomar la memoria.
Elena se apartó.
Bruno, débil, se lanzó desde la silla y lo hizo caer.
La herida de su pecho empezó a sangrar.
Elena maldijo y corrió hacia él.
—Idiota.
Bruno sonrió con dolor.
—Por una vez… llegué a tiempo.
—No dramatices. Te estás desangrando mal.
La frase hizo que algunos enfermeros rieran nerviosamente.
Lucía intentó huir.
Pero Clara le bloqueó el paso.
—No otra vez.
La senadora miró a la cirujana que antes había comprado con miedo.
—Tú también caes.
Clara respondió:
—Sí. Pero esta vez caigo diciendo la verdad.
Elena apretó la memoria en la mano.
La operación de su vida ya no estaba en un quirófano.
Estaba en ese vestíbulo.
Y por primera vez, todos estaban mirando.
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