PARTE 5
Pelea entre vagones
El capitán Rojas cortó el suministro del vagón 13.
Después bloqueó las puertas.
Luego envió a sus hombres.
No llevaban uniforme.
Eso era parte del negocio.
Parecían pasajeros, camareros, técnicos. Pero cuando las luces de emergencia se encendieron, todos sacaron armas cortas y cuchillos de trabajo.
Lucía no llevaba arma visible.
No la necesitaba para el primer golpe.
Cuando el primer hombre entró al corredor, ella le cerró la puerta metálica sobre el brazo. El hueso crujió. Él gritó. Lucía tomó su radio y la estrelló contra su rostro.
Nicolás se lanzó sobre otro atacante y ambos chocaron contra una pared. No peleaba bonito, pero peleaba con desesperación.
Alma se escondió detrás de una maleta.
—Siempre igual —dijo Lucía mientras esquivaba un golpe—. Escondida cuando toca pagar.
Alma lloró.
—Yo estaba amenazada!
Lucía golpeó a un hombre con una caja de metal.
—Guarda eso para el capítulo de excusas.
El tren se sacudió.
Alguien intentaba reiniciar marcha desde la cabina.
Si el tren avanzaba dentro del túnel con las puertas internas abiertas, podían morir varios.
Lucía tomó la radio.
—Violeta, cabina.
La voz de Violeta respondió entre estática:
—Ya voy.
Nicolás la miró sorprendido.
—¿Violeta está aquí?
—Yo sí aprendí a traer gente de confianza.
Otro atacante tomó a una de las mujeres rescatadas como escudo.
Lucía se detuvo.
Él sonrió.
—Suelta la carpeta.
La mujer temblaba.
Lucía levantó las manos.
Pero antes de que pudiera soltar nada, Alma salió de detrás de la maleta y empujó al atacante contra la pared.
El hombre la golpeó.
Alma cayó al suelo con sangre en la boca.
Lucía aprovechó y lo derribó con una patada a la rodilla.
Nicolás lo dejó inconsciente.
Lucía miró a Alma.
—Eso no te perdona.
Alma respiró con dificultad.
—Lo sé.
—Entonces no lo arruines hablando.
Siguieron hacia la cabina.
El túnel parecía interminable.
Los pasajeros gritaban desde los vagones bloqueados. Las luces rojas parpadeaban como si el tren entero sangrara.
Entre el vagón comedor y el de carga, apareció el capitán Rojas.
Uniforme impecable.
Pistola en la mano.
Sonrisa tranquila.
—Lucía Marín —dijo—. Siempre pensé que si seguías viva, ibas a volver con más inteligencia.
Ella levantó la carpeta azul.
—Y usted sigue hablando como si no estuviera grabado.
Rojas rio.
—Las grabaciones desaparecen.
Lucía miró las cámaras pequeñas colocadas en los botones de varios pasajeros.
—Antes sí.
Rojas dejó de sonreír.
Entonces disparó hacia el techo.
El caos volvió.
El tren empezó a moverse.
Lento.
Pero moviéndose.
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