PARTE 8
El dueño de los nombres
Ernesto Herrera bajó del tren de carga con bastón, abrigo gris y dos hombres armados detrás.
Era mayor de lo que Lucía recordaba, pero no más débil.
Su presencia tenía esa clase de poder que no necesita gritar porque otros ya aprendieron a temblar.
Nicolás se quedó inmóvil.
—Tú estabas muerto.
Ernesto sonrió.
—No, hijo. Estaba retirado de la superficie.
Lucía entendió entonces que Rojas, Óscar y Alma eran piezas.
Ernesto era el tablero.
—Usted creó el vagón 13 —dijo ella.
—Yo heredé rutas. Mejoré métodos.
—Robaban identidades.
—Rescatábamos personas de vidas inútiles y las convertíamos en documentos útiles.
Lucía sintió asco.
—Las vendían.
—Todos vendemos algo, inspectora. Usted vendió siete años de su vida por venganza.
—No.
Ella levantó el boleto marcado como fallecida.
—Yo compré mi nombre de vuelta.
Ernesto rio suavemente.
—Dramático.
Nicolás dio un paso hacia su padre.
—¿Ordenaste que la mataran?
—Ordené resolver un riesgo.
—Era mi prometida.
—Era una empleada de archivo con demasiada curiosidad.
Esa frase rompió algo en Nicolás.
Durante años había construido excusas. Miedo. Amenazas. Confusión. Culpa. Pero ahora su padre lo decía con una claridad insoportable.
Lucía no era una tragedia.
Era un trámite.
Ernesto miró a su hijo.
—Todavía puedes salir de esto. Entrega a la inspectora. Di que Rojas actuó solo. Alma declarará lo que convenga. Yo puedo reconstruir la empresa.
Nicolás miró a Lucía.
Ella no le pidió nada.
Eso fue peor.
Antes, Lucía le habría rogado que la creyera.
Ahora ya no necesitaba su fe.
Nicolás tomó la memoria de Alma y se la dio a Violeta.
—Transmítelo todo.
Ernesto dejó de sonreír.
—Hijo.
—No.
La palabra resonó en la estación.
Ernesto levantó una mano.
Sus hombres avanzaron.
La pelea fue breve y violenta.
Los agentes federales se enfrentaron a los guardias. Violeta corrió hacia la cabina de transmisión. Alma ayudó a sacar a las mujeres rescatadas. Óscar, aún esposado, pateó a uno de los hombres que intentó cortar la luz.
Lucía se lanzó hacia Ernesto cuando él intentó alcanzar la vía lateral.
Él la golpeó con el bastón.
La herida junto al ojo se abrió otra vez.
Ella cayó sobre una rodilla.
Ernesto se inclinó.
—Debiste morir en el túnel.
Lucía levantó la mirada.
—Debió revisar el cuerpo.
Le arrebató el bastón, lo partió contra la baranda y lo golpeó en la mano.
Ernesto gritó.
Nicolás lo sujetó por detrás.
—Se acabó.
Ernesto lo miró con odio.
—Estás destruyendo tu apellido.
Nicolás respondió:
—No. Solo estoy dejando de esconder cadáveres debajo.
Violeta logró conectar la transmisión.
Todos los documentos aparecieron en directo.
Pasaportes.
Rutas.
Compradores.
Firmas de Ernesto Herrera.
Registros de vagón 13.
La red cayó en pantalla antes de caer en tribunales.
Lucía miró el tren detenido.
Por primera vez, el Expreso 309 no parecía una tumba.
Parecía una prueba.
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