PARTE 4
El golpe dentro del ataúd
De vuelta en la iglesia, después de que el golpe sonara desde el ataúd cerrado, nadie se atrevió a moverse.
Adriana miró la tapa.
Luego a su padre.
—¿Qué hay ahí dentro?
Esteban tragó saliva.
—Nada que debas abrir.
—Curioso. Eso mismo dicen todos los culpables.
Mateo avanzó.
—Adriana, espera.
Ella se giró hacia él.
—¿Tú sabías?
La pregunta fue simple.
La iglesia entera esperó la respuesta.
Mateo miró el ataúd.
Luego a ella.
—Sabía que tu padre firmaba certificados falsos.
El golpe le atravesó el rostro.
—¿Y no me lo dijiste?
—Intenté reunir pruebas.
—Mi hermana está muerta, Mateo.
Él cerró los ojos.
—Lo sé.
Adriana lo abofeteó.
El sonido rebotó contra las paredes de la iglesia.
—Entonces tu intento llegó tarde.
Mateo no se defendió.
—Sí.
Esteban gritó:
—¡Basta de teatro!
Adriana tomó una palanca del segundo ataúd. Ramón se la había dejado escondida entre las bolsas de prueba.
—No es teatro.
Se volvió hacia los invitados.
—Es exhumación.
Golpeó la cerradura del ataúd cerrado.
Una vez.
Dos.
A la tercera, la tapa cedió.
Varios invitados gritaron.
Dentro no había un cuerpo completo expuesto.
Había una bolsa funeraria cerrada.
Y sobre ella, un teléfono móvil encendido, envuelto en cinta.
El golpe que habían escuchado no venía de una persona.
Venía del teléfono vibrando contra la madera.
Adriana lo tomó.
En la pantalla apareció una llamada entrante.
Número desconocido.
Adriana contestó en altavoz.
Una voz femenina, débil, dijo:
—Adriana…
La iglesia se congeló.
Adriana casi dejó caer el teléfono.
—¿Clara?
Verónica soltó un grito.
Esteban dio un paso atrás.
La voz volvió:
—No abras la bolsa. No soy yo. Me sacaron antes de cerrar el ataúd.
Adriana sintió que el mundo se rompía de otra forma.
Clara estaba viva.
—¿Dónde estás?
Ruido.
Respiración.
—Crematorio norte. Papá va a borrar el archivo completo.
La llamada se cortó.
Adriana miró a Esteban.
Su padre ya no fingía tristeza.
Solo rabia.
—No debiste despertar.
Ella levantó la palanca.
—Y tú no debiste dejar viva a tus hijas.
Los hombres de seguridad de la funeraria intentaron avanzar.
Pero varios invitados ya estaban grabando.
Mateo se interpuso frente a Adriana.
—No la toquen.
Ella lo apartó con una mirada.
—No me protejas para limpiar tu culpa.
—No.
Él tragó saliva.
—La protejo porque esta vez sí sé de qué lado estoy.
Adriana no respondió.
No había tiempo.
Clara estaba viva.
Y el crematorio norte estaba a veinte minutos.
Si su padre llegaba primero, no quedaría archivo.
Ni hermana.
Ni verdad.
Adriana salió corriendo de su propio funeral.
Detrás de ella, la iglesia se convirtió en caos.
Y Esteban Beltrán, por primera vez en décadas, tuvo que correr detrás de una mentira que no quiso quedarse enterrada.
👉 [Haz clic aquí para leer la siguiente parte] 👈