PARTE 2
Cinco años antes, la chica que cosía de madrugada
Alma Reyes no llegó a la Casa De la Vega por apellido.
Llegó por hambre.
Su madre había sido costurera de barrio. Cosía vestidos de quinceañera, uniformes escolares, cortinas, trajes baratos y vestidos de novia que no podían pagar boutique. Alma creció dormida entre telas, hilos y máquinas que sonaban hasta la madrugada.
A los doce años ya sabía arreglar un bajo.
A los quince hacía patrones.
A los dieciocho dibujaba vestidos en servilletas.
A los veinte fue aceptada como asistente de costura en la Casa De la Vega.
Ese día creyó que había entrado al cielo.
Se equivocó.
La moda de lujo tenía luces hermosas, pero las sombras eran profundas.
Las diseñadoras famosas sonreían a cámaras mientras asistentes sin nombre cosían hasta sangrar. Las modelos desfilaban con vestidos que alguien más había bordado sin dormir. Los directores creativos hablaban de inspiración, pero muchas veces la inspiración tenía manos pobres.
Alma trabajaba en silencio.
No porque no tuviera voz.
Porque observaba.
Martina De la Vega la notó la primera semana.
—Tú dibujas —dijo, viendo una libreta escondida bajo retazos.
Alma intentó guardarla.
—Solo bocetos.
Martina la tomó.
Pasó páginas.
Vestidos con estructuras imposibles, bordados como heridas, novias con capas negras, trajes inspirados en cicatrices, telas dobladas como alas rotas.
Martina la miró con una sonrisa extraña.
—Tienes talento.
Alma sintió orgullo.
No sabía que algunas personas dicen “tienes talento” como quien dice “tienes algo que puedo usar”.
Durante meses, Martina se acercó a ella.
Le pidió ideas.
Le pidió patrones.
Le pidió opiniones.
Le dijo que la ayudaría a crecer dentro de la casa.
Alma quiso creerle.
Luego conoció a Marcos Vidal, fotógrafo oficial de la marca. Marcos no era rico como los De la Vega. Había subido desde abajo con cámara, paciencia y una habilidad peligrosa para ver lo que otros escondían.
Él fotografiaba los bocetos de Alma en secreto.
—Para que tengas pruebas —le dijo.
—¿Pruebas de qué?
Marcos la miró.
—De que aquí las ideas desaparecen si no tienen apellido.
Alma rio.
—Eres paranoico.
—Soy freelance. Es peor.
Se enamoraron despacio.
Entre sesiones, cafés fríos, noches de costura y fotografías tomadas en escaleras traseras.
Marcos le decía:
—Un día todos verán tu nombre en una etiqueta.
Alma respondía:
—Primero necesito dormir.
La colección que cambiaría todo empezó como un proyecto secreto.
Alma la llamó:
“Novias que no piden permiso.”
Vestidos nupciales con cortes agresivos, velos negros, bordados rojos, telas blancas rasgadas y recompuestas. Una colección sobre mujeres que sobreviven a ceremonias donde otros intentan decidir su destino.
Martina vio los bocetos.
No dijo nada esa vez.
Solo sonrió.
Tres semanas después, Esteban De la Vega anunció la nueva colección de su hija:
“La Novia de Cristal.”
Alma revisó la carpeta.
Eran sus diseños.
No inspirados.
No parecidos.
Suyos.
Fue al despacho de Martina con la libreta original en la mano.
—Esto es mío.
Martina no levantó la vista.
—Todo lo que se crea dentro de esta casa pertenece a la casa.
—Yo no firmé eso.
Martina sonrió.
—Seguro?
Alma sintió frío.
Revisó su contrato.
Había una cláusula nueva.
Su firma aparecía al final.
Falsa.
Fue a buscar a Esteban.
Él la escuchó con la paciencia de un hombre que ya tenía listo el castigo.
—Niña, la moda no es para personas sensibles.
—Me robaron.
—Te dimos una oportunidad.
—Voy a denunciar.
Esteban se inclinó.
—Entonces aprenderás que una costurera sin apellido puede perder incluso lo que no tiene.
Esa noche, durante el ensayo general, Alma subió a la pasarela con sus bocetos para enfrentar a Martina frente al equipo.
Nunca llegó al final.
Una mano la empujó desde atrás.
Cayó sobre una estructura metálica.
El cuello se le abrió con el borde de un reflector roto.
Mientras perdía sangre, escuchó la voz de Martina:
—Qué lástima. Siempre quiso llamar la atención.
👉 [Haz clic aquí para leer la siguiente parte] 👈