PARTE 6
Tercer plato: La promesa podrida
Tomás Ibáñez fue el amor más útil de la vida de Camila.
Útil para destruirla.
Se conocieron entre mesas, eventos y entrevistas. Él sabía hablar con periodistas. Ella sabía hablar con fuego, cuchillos, caldos y hierbas. Juntos parecían el futuro de La Casa Dorada.
Al menos eso creyó ella.
Tomás no era chef.
Pero tenía hambre de reconocimiento.
Odiaba ser “el prometido de la hija de Aurora”.
Odiaba que los críticos le preguntaran a Camila por sabores y a él por reservas.
Odiaba que Aurora lo tratara con cortesía, no con admiración.
Esa noche, después de la muerte, Tomás declaró contra Camila.
Dijo que ella discutió con Aurora.
Dijo que estaba alterada.
Dijo que la vio tocar el salero.
Dijo muchas cosas.
Ninguna importante.
La importante estaba en el tercer sobre.
Camila lo abrió.
Dentro había un contrato secreto entre Tomás y una cadena internacional de restaurantes.
Condición:
Adquirir derechos sobre el nombre “La Casa Dorada” tras cambio de administración.
Firma: Tomás Ibáñez.
Fecha: dos semanas antes de la muerte de Aurora.
Tomás se puso pálido.
—Yo nunca quise que muriera.
Camila lo miró.
—Pero sí querías que yo cayera.
Él bajó la cabeza.
—Ramiro dijo que tú no irías a prisión. Que solo perderías credibilidad. Que te sacaríamos del restaurante por un tiempo.
Camila soltó una risa amarga.
—Qué generoso. Solo querías robarme la cocina, no la vida.
Tomás apretó los ojos.
—Te amaba.
—No. Te gustaba estar cerca del fuego sin quemarte.
La pantalla mostró un audio.
Tomás hablando con Ramiro:
“Si Camila cae, yo puedo convencerla de firmar desde fuera. Me creerá. Me ama.”
El salón quedó en silencio.
Camila sintió un dolor viejo abrirse, pero no sangró como antes.
Había cicatrizado con rabia.
—Yo te habría dado un lugar en mi vida —dijo ella—. Tú quisiste mi lugar en la mesa.
Tomás lloró.
—Lo siento.
—Todos lo sienten cuando ya hay cámaras.
Él levantó la mirada.
—Yo guardé algo.
Ramiro se giró hacia él.
—Tomás.
El miedo cambió de dueño.
Tomás sacó una llave pequeña de su bolsillo.
—Aurora tenía una segunda libreta. No de recetas. De nombres. Está en la cámara de fermentación, detrás del muro de azafrán.
Camila se quedó inmóvil.
—¿Desde cuándo la tienes?
—Desde esa noche.
—Seis años.
—Sí.
Ella tomó la llave.
—¿Por qué ahora?
Tomás respiró.
—Porque te vi entrar y entendí que la mujer que me amaba murió con Aurora. Y la que volvió no va a dejar a nadie medio culpable.
Camila no respondió.
No necesitaba.
Hizo una señal a Julián, el antiguo lavaplatos, que ahora estaba entre los camareros.
—Cámara de fermentación.
Ramiro intentó levantarse.
La fiscal lo detuvo.
—Siéntese.
Pero Paula gritó:
—¡Falta Dante!
Todos miraron al sumiller principal, que hasta entonces había permanecido callado junto a la bodega.
Dante dejó lentamente una botella sobre la mesa.
Camila abrió el cuarto sobre.
—Cuarto plato: El vino que no era vino.
Dante corrió.
Y el restaurante entero entendió que la cena todavía no había servido su plato más oscuro.
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