PARTE 7
La bodega y la libreta de Aurora
Dante, el sumiller, no llegó a la puerta.
Julián lo derribó con una bandeja metálica antes de que cruzara el salón.
—Siempre quise hacer eso —dijo.
Camila casi sonrió.
Casi.
La fiscal ordenó esposar a Dante, pero Camila levantó la mano.
—Primero la bodega.
La cámara de fermentación estaba detrás de la cocina, en una zona que solo Aurora usaba para sus experimentos: limones curados, sal ahumada, vinagres raros, azafrán macerado, aceite envejecido.
El muro de azafrán era una estantería de frascos dorados.
Tomás había dicho la verdad.
Detrás del tercer estante había una cerradura.
Camila usó la llave.
La pared se abrió.
Dentro había una libreta negra.
Aurora no escribió recetas allí.
Escribió nombres.
Ramiro Alarcón: desvío de fondos.
Paula Alarcón: acceso a cocina la noche del ensayo.
Tomás Ibáñez: contrato paralelo.
Dante Velo: compra de toxinas bajo registro falso.
Doctor Héctor Salas: informe forense manipulado.
Juez Molina: archivo cerrado sin autopsia completa.
Camila pasó páginas.
Hasta que encontró una que le heló la sangre.
“Si muero, no fue solo por el restaurante. Descubrí lo que hicieron con Elena.”
Elena.
La hermana de Aurora.
La tía de Camila.
Supuestamente muerta en un incendio de cocina hacía veinte años.
Camila miró a Julián.
—¿Sabías algo de esto?
Él negó.
De vuelta en el salón, Dante ya no intentaba huir.
Parecía derrotado.
Camila puso la libreta sobre la mesa.
—El cuarto plato no era vino.
Sacó una factura.
Dante compró aconitina bajo nombre falso a través de una distribuidora química ligada a una bodega.
—Tú conseguiste el veneno.
Dante tragó saliva.
—Ramiro me obligó.
—Qué original.
—Mi hijo tenía una deuda. Él la compró.
Camila se acercó.
—Y por pagar una deuda, diste veneno para matar a mi madre.
Dante lloró.
—No sabía que era para Aurora.
—¿Para quién pensabas que era?
Silencio.
Camila entendió.
—Para mí.
Dante bajó la mirada.
Ramiro gritó:
—¡Eso es mentira!
Dante habló más fuerte:
—El plan original era enfermar a Camila. Sacarla de cocina. Pero Aurora cambió los platos en el último momento. Probó la sopa antes que todos. Ramiro no lo sabía.
El salón quedó helado.
Camila sintió que las piernas casi le fallaban.
Su madre murió en su lugar.
No porque fuera objetivo.
Porque protegió una cocina.
O quizá porque ya sospechaba.
La libreta negra cayó abierta sobre la mesa.
En la última página había una frase:
“Camila cree que la cocina es herencia. Todavía no sabe que es campo de guerra.”
Camila cerró los ojos.
Cuando los abrió, miró a Ramiro.
—Quinto plato.
Su voz ya no temblaba.
—El padrastro que envenenó a la hija y mató a la madre.
Ramiro se levantó de golpe.
Esta vez no para hablar.
Para tomar a Paula como escudo.
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