PARTE 8
El fuego de la cocina
Ramiro sujetó a Paula por el cuello y tomó un cuchillo de mesa.
No era un arma grande.
Pero la amenaza bastó para que todos gritaran.
—Nadie se mueve —dijo.
Paula lloraba.
—Papá…
Camila se quedó quieta.
—Suéltala.
Ramiro rio.
—Ahora te importa?
—No la confundas conmigo. Ella todavía puede declarar.
—Siempre tan práctica.
—Aprendí de los asesinos que cenaron conmigo.
Ramiro retrocedió hacia la cocina con Paula delante. Camila lo siguió despacio. Julián intentó moverse por un lateral, pero Ramiro apretó el cuchillo.
—Ni un paso.
La cocina de La Casa Dorada estaba encendida.
Ollas calientes.
Hornos abiertos.
Aceite hirviendo.
Fuego azul bajo las cacerolas.
Ramiro conocía esa cocina.
Camila también.
Pero la diferencia era simple:
él la usaba para controlar.
Ella para sobrevivir.
—Todo esto pudo ser tuyo —dijo Ramiro—. Si hubieras sido obediente.
—Era mío sin obedecerte.
—Aurora te llenó la cabeza de orgullo.
—Mi madre me enseñó a distinguir sal de veneno.
Ramiro empujó a Paula contra una mesa y lanzó una sartén hacia Camila. Ella esquivó por poco. El mango caliente le rozó el brazo. Dolor. Piel quemada.
La misma muñeca marcada por el incendio de años atrás.
Ramiro tomó una botella de alcohol de cocina y la rompió contra el suelo.
—Si no puedo quedarme con La Casa Dorada, nadie la tendrá.
Encendió un paño.
Camila corrió.
No hacia él.
Hacia la llave de gas.
La cerró.
Julián entró por la puerta trasera y activó los extintores.
Espuma blanca cayó sobre la cocina.
Ramiro, cegado, soltó a Paula.
Camila lo golpeó con una bandeja de hierro.
Ramiro cayó contra la mesa donde Aurora preparó su última sopa.
Camila tomó el salero de oro.
Lo puso frente a su rostro.
—Este lugar sobrevivió a mi madre, a tu veneno y a mi nombre destruido.
Se inclinó.
—No va a morir por un hombre que confundió restaurante con herencia.
La policía entró.
Ramiro fue esposado entre espuma, humo y platos rotos.
Paula, en el suelo, lloraba sin saber si era salvación o sentencia.
Tomás observaba desde la puerta.
Dante confesaba ante la fiscal.
Pero Camila no estaba mirando a ninguno.
Miraba la libreta negra.
La frase sobre Elena.
La tía muerta en el incendio.
El último plato no era Ramiro.
El último plato era una tumba más vieja.
Y Aurora había dejado una pista.
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