PARTE 3
Las perlas negras
Las perlas negras de San Damián eran famosas por una razón:
nadie sabía exactamente de dónde venían.
La familia Vega decía que provenían de una concesión legal en islas privadas.
Los pescadores decían otra cosa.
Decían que Don Emilio había comprado zonas protegidas, expulsado comunidades, usado buzos sin contrato y escondido accidentes bajo acuerdos de silencio.
Marina había oído esos rumores.
No quiso creerlos del todo.
Adrián siempre decía:
—Mi padre es duro, pero no criminal.
Esa noche, en la sala de máquinas, Marina empezó a entender que algunas personas llaman duro a lo que no quieren llamar monstruoso.
La caja de perlas estaba vacía porque las perlas reales no iban a subastarse.
La subasta era pantalla.
En la bodega dos había hombres encerrados.
Buzos.
Trabajadores.
Testigos.
Marina encendió la cámara y la apuntó a la caja vacía.
—Registro de emergencia. Soy Marina Soler. Caja de perlas encontrada vacía antes del supuesto robo. Hay personas encerradas en bodega dos.
La puerta de la sala de máquinas se abrió.
Marcos entró.
—Siempre tan profesional.
Marina sostuvo la cámara.
—Gracias por aparecer en cuadro.
Él se lanzó hacia ella.
Marina lo esquivó, tomó una llave inglesa y le golpeó la mano. Marcos soltó un grito. La cámara cayó, pero siguió grabando desde el suelo.
Adrián apareció detrás de Marcos.
—¡Basta!
Marina respiraba rápido.
—Abre la bodega.
—No puedo.
—Di otra vez eso y no respondo por tu cara.
Adrián se acercó.
—Mi padre tiene contratos con gente peligrosa. Esos hombres abajo robaron perlas. Si llegan a puerto, dirán cualquier cosa para salvarse.
—¿Y Lucía? ¿La camarera también robó perlas?
Adrián no respondió.
Marina levantó la cámara.
—Mírame y dime que no hay trabajadores encerrados porque vieron algo.
Él la miró.
No pudo mentir completo.
Ahí estaba la respuesta.
Entonces el yate se sacudió violentamente.
Una alarma sonó.
Agua entrando en compartimento inferior.
La tormenta había alcanzado al Santa Aurelia.
Y la bodega dos, cerrada electrónicamente, empezaba a inundarse.
Marina corrió hacia el panel de emergencia.
Adrián la sujetó por la cintura.
—Si abres esa puerta, se inunda el pasillo.
—Si no la abro, mueren.
—Hay más vidas arriba.
Ella lo miró como si acabara de conocerlo.
—No. Hay más dinero arriba.
Lo empujó.
Alcanzó el panel.
Marcos se recuperó y la golpeó contra la pared.
La cámara grabó parte de la pelea.
Un ángulo torcido.
Sangre en la boca de Marina.
Adrián gritando.
La alarma.
Los golpes desde la bodega.
Y luego la voz de Don Emilio por el intercomunicador:
—No abran esa compuerta. Si salen, hablan.
Marina quedó inmóvil.
Adrián también.
El padre acababa de decir la verdad en voz alta.
La cámara seguía grabando.