PARTE 6
Cena del capitán
El Club Náutico Azul estaba lleno de luz cuando Marina entró.
Los salones olían a madera fina, perfume caro y mar usado como decoración.
En las paredes había fotografías del Santa Aurelia.
Antes del hundimiento.
Nunca durante.
Nunca después.
Don Emilio Vega presidía la cena con su copa de vino blanco.
Adrián estaba a su lado, convertido en capitán principal del nuevo yate de la familia.
Y junto a él estaba Valentina Mora, la heredera de una naviera internacional y su prometida actual.
Marina la reconoció.
Valentina no estuvo en el Santa Aurelia.
Pero su familia compró parte de los derechos de extracción de perlas después del hundimiento.
Nada era casual.
Las luces se apagaron.
La cámara submarina apareció en pantalla.
Al principio, los invitados pensaron que era un homenaje.
Agua.
Restos.
Metal.
El nombre Santa Aurelia cubierto de algas.
Luego escucharon la voz de Marina.
—Registro de emergencia. Soy Marina Soler…
Adrián se puso de pie.
—Apaguen eso.
Nadie lo hizo.
La pantalla mostró a Don Emilio dando la orden:
—No abran esa compuerta. Si salen, hablan.
Las copas quedaron quietas.
Valentina miró a Adrián.
—¿Qué significa esto?
Él no respondió.
Entonces Marina entró.
Traje negro.
Cabello mojado por la lluvia.
Cicatriz en el hombro.
Cámara submarina en la mano.
No parecía una invitada.
Parecía una marea.
Subió al escenario.
—Buenas noches.
Don Emilio intentó sonreír.
—Marina. Gracias a Dios estás viva. Todos creímos—
—No termine esa frase si quiere conservar algo de dignidad.
El salón quedó helado.
Marina conectó la cámara física al sistema.
—La grabación que acaban de ver es solo el inicio.
Miró a Adrián.
—Capitán, ¿quieres explicar por qué declaraste que me viste saltar con una caja de perlas?
Adrián no podía apartar la vista de ella.
—Yo…
—Cuidado. Esta sala tiene mejor audio que tu yate.
Valentina se apartó de él.
Don Emilio hizo una señal discreta a seguridad.
Marina sonrió.
—Sus hombres están ocupados.
Las puertas se abrieron.
Entraron inspectores marítimos y fiscales.
Iñaki iba con ellos.
También tres trabajadores que sobrevivieron a la bodega dos.
Uno de ellos levantó la voz:
—Marina abrió la compuerta. Los Vega la cerraron.
Don Emilio perdió el color.
Marina tomó la cámara.
—Y falta Lucía.
Silencio.
Marcos Vidal, jefe de seguridad, intentó salir por la cocina.
Una mujer vestida de camarera lo bloqueó.
Se quitó la peluca.
Era Lucía.
Viva.
Y con una cicatriz en la mejilla.
—Hola, Marcos —dijo—. ¿También vas a decir que yo salté?